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Tradiciones Peruanas

Era la noche del 10 de febrero de 1678.
Su excelencia se encontraba arrodillado en el escabel que un
lego delconvento tenía cuidado de alistarle frente al altar de la
Virgen. Apocos pasos de él, y de pie junto a un escaño se
hallaban el secretarioy el capitán de la escolta.
A pesar de la semiobscuridad del templo, llamó la atención del
último unbulto que se recataba tras las columnas de la vasta
nave. De pronto, lamisteriosa sombra se dirigió con pisada
cautelosa hacia el escabel delvirrey; y acogotando a éste con la
mano izquierda, lo arrojó al suelo, ala vez que en su derecha
relucía un puñal.
Por dicha para el virrey, el capitán era un mancebo ágil y
forzudo, quecon la mayor presteza se lanzó sobre el asesino y le
sujetó por lamuñeca. El sacrílego bregaba desesperadamente con
el puño de hierro deljoven, hasta que, agolpándose los frailes y
devotos que se encontrabanen la iglesia, lograron quitarle el
arma.
Aquel hombre era Juan de Villegas.
Prófugo del presidio, hacía una semana que se encontraba en
Lima; ydesde su regreso no cesó de acechar en el templo al
virrey, buscandoocasión propicia para asesinarlo.
Aquella misma noche se encomendó la causa al alcalde don
Rodrigo deOdría, y tanta fué su actividad que, ocho días
después, el cuerpo deVillegas se balanceaba como un racimo en
la horca.
—¡Lástima de pícaro!—decía al pie del patíbulo don Rodrigo
a sualguacil—. ¿No es verdad, Güerequeque, que siempre
sostuve que estebellaco había de acabar muy alto?
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