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Tradiciones Peruanas

Todos se hicieron lenguas del arrojo de doña Feliciana, y en
Lima no sehablaba de otra cosa. De haber habido periódicos, la
habrían consagradoestrepitoso bombo en la crónica local.
La fama de su hazaña la había precedido a Ica, adonde llegó
una mañana,armada de asta y rejón, y abocándose a su marido le
dijo:
—A Lima, señor mío, y a su casa si no quiere usted que haga
en supersonita otro tanto de lo que hice en la de Vilches, y lo
deje tal queno sirva ni para simiente de rábanos.
El de Mesía tembló como azogado, mandó ensillar la mula y,
sin chistarni mistar, obedeció el precepto.
Desde entonces ella llevó en la casa los pantalones, y él fué el
másfiel de los maridos de que hacen mención las historias
sagradas yprofanas, como que sabía que le iba la pelleja en el
primer tropezón enque lo pillase madama.
Mucho cuento es tener por compañera una mujer de asta y
rejón.
I
Parece que una mañana se levantó Carlos III con humor de
suegra, yfrancamente que razón había harta para avinagrar el
ánimo del monarca.Su majestad había soñado que las arcas
reales corrían el peligro deverse como Dios quiere a las almas,
es decir, limpias, porque sussúbditos de las Américas andaban
un si es no es remolones paraproveerlas.
 
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