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Tradiciones Peruanas

quien con tantaliberalidad lo aviaba, pues presumía que aquello
era un agasajo oangulema del prelado agradecido al préstamo.
Nada tiene que agradecerme, padre Godoy—le dijo el
arzobispo.—Véasecon mi mayordomo para que le devuelva lo
que haya sobrado de la barrita;pues como usted no cuidaba de su
traje, sin duda porque no tenía tiempopara pensar en esa
frivolidad, yo me he encargado de comprárselo con supropio
dinero. Vaya con Dios y con mi bendición.
Retiróse mohino el padre, fuése donde Ribera, ajustó con él
cuentas, yhalló que el chamalote y el paño importaban un
dineral, pues elmayordomo había pagado sin regatear.
Al otro día, y después de echar cuentas y cuentas para
convencerse deque en el traje habrían podido economizarse dos
o tres duros, volvióGodoy donde el arzobispo y le dijo:
—Vengo a pedir a su ilustrísima una gracia.
—Hable, padre, y será servido a pedir de boca.
—Pues bien, ilustrísimo señor. Ruégole que no vuelva a
tomarse eltrabajo de vestirme.
Allá por la primera mitad del anterior siglo no se hablaba en
Lima sinodel alma de un padre mercedario que vino del otro
mundo, no sé si encoche, navío o pedibus andando, con el
expreso destino de dar un sustode los gordos a un comerciante
de esta tierra. Aquello fué tan popularcomo la procesión de
ánimas de San Agustín, el encapuchado de SanFrancisco, la
monja sin cabeza, el coche de Zavala, el alma deGasparito, la
 
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