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Tradiciones Peruanas

dos gallegos crudos,mozos de letras gordas y de poca sindéresis,
tan brutos como valientes,capaces de derribar a un toro de una
puñada en el testuz y de clavarleuna bala en el hueso palomo al
mismísimo gallo de la Pasión; pero losinfelices eran hombres de
su época, es decir, supersticiosos y fanáticoshasta dejarlo de
sobra.
Vueltos en sí, declaró uno de ellos que, a la hora en que Pedro
negó alMaestro, se le apareció como vomitado por la tierra un
franciscano conla capucha calada, y que con aquella voz
gangosa que diz que se estilaen el otro barrio le preguntó:—
¡Hermanito! ¿Pasó la monja?
El otro soldado declaró, sobre poco más o menos, que a él se
le habíaaparecido una mujer con hábito de monja clarisa, y
díchole:—¡Hermanito!¿Pasó el fraile?
Ambos añadieron que no estando acostumbrados a hablar con
gente de laotra vida, se olvidaron de la consigna y de dar el
quién vive, porque lacarne se les volvió de gallina, se les erizó el
cabello, se les atravesóla palabra en el galillo y cayeron
redondos como troncos.
Don Ramón Rodil, para curarlos de espanto, les mandó aplicar
carrera debaquetas.
El castellano del Real Felipe, que no tragaba rueda, de molino
ni seasustaba con duendes ni demonios coronados, dióse a
cavilar en losfantasmas, y entre ceja y ceja se le encajó la idea
de que aquellotrascendía de a legua a embuchado
revolucionario. Y tal maña dióse y atales expedientes recurrió,
que ocho días después sacó en claro quefraile y monja no eran
sino conspiradores de carne y hueso, que sevalían del disfraz
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