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Tradiciones Peruanas

¿Cuál sería la sorpresa del encaramado Román al ver que de
cada parchesacó Ovillitos una onza de oro y que luego las
enterró al pie del árbol,después de haber permanecido gran
espacio de tiempo contemplándolasamorosamente?
—¡Qué suicidio ni qué ocho cuartos!—exclamó Román,
descendiendolistamente de su árbol apenas se alejó el
mendigo—. Pues Dios me havenido a ver, aprovechemos la
ocasión y empuñémosla por el único pelo dela calva. ¡Arbol
feliz el que tal abono tiene!
Y se puso a la obra, y desenterró poco más de cien peluconas,
de esasque bajo el Indiae et Hispaniarum Rex lucían el busto de
Carlos III oCarlos IV.
IV
Román volvió a habilitar la tienda, y su comercio de platería
marchóviento en popa. Aleccionado por los días de penuria,
puso coto a losderroches de su mujer, cuyo carácter, por milagro
sin duda de la DivinaProvidencia, para quien no hay imposibles,
mejoró notablemente.
Ovillitos enfermó de gravedad al descubrir que su tesoro se
habíaconvertido en pájaro y volado del encierro. El infeliz
ignoraba que eldinero no es monje cartujo que gusta de estar
guardado y criar moho, yque es un libertino que se desvive por
andar al aire libre y de mano enmano. Mendigos ha habido, en
todos los tiempos, que a su muerte handejado un caudal decente.
Román murió, ya en los tiempos de la república, repartiéndose
entre susherederos una fortuna que se estimó en más de
cincuenta mil pesos.
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