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Gatsby
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alrededor de su eje con desorden y aturdimiento, como un astro que se vuelve loco y olvida la
ley de su rotación.
«¡Ay! vientecillo—exclamaba lánguidamente,—ya estoy confusa, ya estoy mareada. ¿De qué
vale la ciencia, si al fin, después de tanto investigar más me espanta lo que ignoro que me
satisface lo que sé ¡Ay! compañero mío de desengaños, sólo sé que no se una condenada
palabra de nada. Esto es para volverse una loca. Llévame á un sitio recóndito donde encuentre
el consuelo del olvido. Quiero aniquilarme; quiero reposar en completa calma, dando paz al
pensamiento y á la imaginación siempre ambiciosa. ¡Cuántas equivocaciones en tan breve
tiempo! Ni el amor, ni el placer, ni la gloria, ni la religión, ni la ciencia me satisfacen. El lugar de
paz y de contento perdurable con que soñaba para pasar la vida, no se encuentra en parte alguna.
Experiencia lenta y dolorosa, ¿de qué sirves? Si ese lugar que busco no existe por aquí,
forzosamente ha de existir en alguna otra región. Busquémoslo, amigo leal y ya inseparable....
Veo que no estás menos aburrido y desilusionado que yo. ¡Ay! yo desfallezco; apenas puedo
sostenerme en tus brazos; todo me desagrada: el aire, la luz, los árboles, la mar, el espacio, las
estrellas, el sol.»
Fijaron la vista en la tierra, de la cual muy cerca estaban, y vieron una como procesión que se
dirigía á un bosquecillo frondoso, entre cuya verdura se destacaban objetos de blanquísimo
mármol. Era un cementerio, y la procesión un entierro. Observaron nuestros viajeros que sobre la
tierra había sido colocado un ataúd pequeño y azul. Abriéronlo algunos de los circunstantes, y
todos los demás se agruparon en derredor para ver las facciones de la muerta: era una niña como
de diez años, coronada de flores, las manecitas cruzadas en actitud de rezar no se sabe qué y
semejante á un ángel de cera, tan bonito y puro, que al verle todos se admiraban de que se
hubiera tomado el trabajo de vivir.
«Aquí, aquí quiero estar siempre, querido vientecillo. Suéltame, déjame caer»—dijo la pluma,
desasiéndose de los brazos de su amado conductor, para caer dentro del ataúd.
Este se cerró, y el vientecillo, que empezaba á dar revoloteos para sacarla con maña, no pudo
conseguirlo, y la pluma quedó dentro.
¿Acabarán con esto tus paseos, oh alma humana?
Abril de 1872.
LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS
Erase un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua Castellana, de tamaño tan colosal y
fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa, de estas
que, destinadas á varios usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer á un viejo
documento hallado en viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio en el estante de su dueño,
la tabla que lo sostenía amenazaba desplomarse, con detrimento de todo lo que había en ella.
Formábanlo dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la
 

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