Read The Great
Gatsby
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La pluma volaba y revolaba alrededor de la pastora, hasta que fué á posarse sutilmente sobre su
hombro, y en él hizo mil morisquetas y remilgos con sus flecos. Vió la muchacha aquel objeto
blanco, que al principio juzgó ser cosa menos delicada caída de las ramas del árbol, y tomándola,
la estrujó entre sus dedos y la arrojó lejos de sí con indiferencia desdeñosa. Un rato después
convocó á su rebaño y se fué.
Mucho tardó nuestra infortunada viajera en volver de su desmayo. Al abrir los ojos, en vano
buscó al objeto de su tierna pasión; reconociendo el sitio, sacudió sus encajes magullados y
rotos, y dió al viento sus quejas en esta forma:
«Ay, vientecillo, sácame de aquí, por las ánimas benditas; levántame, que me muero de tristeza.
Quiero correr otra vez, pues ahora comprendo que la felicidad no existe en lo que yo creía.
¡Buena tonta he sido! El amor, no es más que fatigas y dolores. Basta de amor, que harto
conozco ya lo que trae consigo. Volemos otra vez, y vamos a donde tú quieras, amiguito. De
veras te digo que me cargan estos árboles y este río: estoy ya hasta la corona de céspedes,
prados, arroyos y pajarillos. Démonos una vueltecita por esos mundos. Levántame: quiero subir
hasta las nubes. Eso es; así me gusta: súbeme todo lo que puedas. Mira, allí a lo lejos se alcanza
a ver una casa que ha de ser muy grande: ¿ves cómo brilla a los rayos del sol, cual si fuese de
plata, y a su lado hay otra y otra, muchas, muchísimas casas? Sin duda aquello es lo que llaman
una ciudad. Eso, eso es lo que yo deseo ver. Gracias a Dios que encuentro lo que me gusta.
Vámonos derechos allá, y dejémonos de montes y valles, que son lugares impropios para este
genio mío ... Ya, ya se ve de cerca la ciudad. En aquel magnífico palacio que vimos primero nos
hemos de meter. Corre, corre más, que me parece que no llegamos nunca.
NOTA:
[1] Perdón ¡oh lector! iba á cometer la irreverencia de llamar á esto poema.
CANTO SEGUNDO
Pronto se hallaron muy cerca de un soberbio palacio de mármol, tan grande y bello que hasta el
mismo genio misterioso, que conducía á nuestra amiga, se quedó absorto ante tanta
magnificencia. Oíanse por allí algazaras como de baile ó festín, y músicas sorprendentes.
Flotaban banderas en los minaretes y azoteas, y por las ventanas se veía discurrir la gente alegre
y bulliciosa.
«Adentro, amiguito—dijo la pluma;—colémonos por este balcón que está de par en par abierto.»
Así lo hicieron, encontrándose dentro de una gran sala en la cual había hasta cien personas
sentadas alrededor de vasta mesa, llena de ricos manjares y adornada de flores, todo puesto con
arte y soberana magnificencia. Era igual el número de hombres al de mujeres; y si entre aquéllos
los había de distintas edades, éstas eran todas jóvenes y hermosas. Los criados vestían riquísimos
trajes, y un sin fin de músicos tocaban armoniosas sonatas en lo alto de una gran tribuna.
 

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