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Gatsby
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patriótica indignación. ¡Oh! no podemos contenernos. Señalamos á la execración de todas las
gentes honradas á esos Ministros funestos é inmorales—lo repetimos sin cesar—que han traído á
nuestra patria al estado en que hoy se halla, irritando los ánimos y estableciendo en todo el país
el reinado de la desconfianza, del miedo, de la cólera, de la venganza. Sí: ¡¡castigo, venganza!!
he aquí las palabras que sintetizan la aspiración nacional en el actual momento histórico.»
Hubiera seguido desahogando las hieles de su alma, si alguien no le interrumpiera
inopinadamente en aquel crítico momento histórico, entregándole una carta, cuyo sobre, escrito
por mano femenina, le produjo extraordinaria conmoción. Abrióla con frenesí, rasgando el papel,
y leyó lo que sigue, trazado con lápiz, apresuradamente:
«No puedo pintar mi martirio desde que este alcornoque de los Cuatro Vientos ha venido de
Extremadura, con la pretensión de casarse conmigo. Mamá es partidaria de esta solución, como
tu dices; pero yo me mantengo y me mantendré siempre en la más resuelta oposición. Nada ni
nadie me hará desistir, tontín, y yo te respondo que mi actitud, ¡vivan las actitudes! será tan
firme, que ha de causarte admiración. El suplicio de tener que oir las simplezas y ver el
antipático semblante de Cuatro Vientos me dará fuerza para resistir al sistema arbitrario y á las
medidas preventivas de mamá.»
La alegría del autor fué tan grande en aquel momento histórico, que por poco se desmaya en los
brazos de su amigo. Recobró repentinamente su buen humor, volviendo los colores á su rostro
demacrado. Pero la presencia del siniestro gañán de la imprenta, que inmóvil permanecía en
medio de la sala, le hizo comprender la necesidad de concluir su obra, que reclamaban con furor
los irritados cajistas y el inexorable regente. Tomó la pluma, y con facilidad notoria terminó de
esta manera.
«Pero en honor de la verdad, y penetrándonos de un alto espíritu de imparcialidad, deponiendo
pasiones bastardas y hablando el lenguaje de la más estricta justicia, debemos decir que no tiene
el Gobierno toda la culpa de lo que hoy pasa. Sería obcecación negarle el buen deseo y la
aspiración al acierto. ¡Ah! Su gestión tropieza con los obstáculos que la insensata oposición de
los partidos revolucionarios hace de continuo; y los males que sufre el país no proceden, por lo
general, de las altas regiones. Todos los Ministros tienen muchísimo talento, y se inspiran ¿á qué
negarlo? en el más puro patriotismo. ¡Ah! nuestro deber es excitar á todo el mundo para que, por
medio de hábiles transacciones, por medio de sabios temperamentos, puedan el pueblo y el poder
hermanarse, inaugurando la serie de felicidades, de inefables dichas, de prosperidades sin cuento
que la Providencia nos destina.»
Madrid, Abril de 1872.
LA MULA Y EL BUEY
CUENTO DE NAVIDAD
I
 

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