donde sustituirla era posible. Y he aquí que cuando la tía Roma entró á llevarle el chocolate al
gran inquisidor, ya estaba éste en planta, sentado á la mesa de su despacho, escribiendo números
con mano febril. Y como la bruja aquélla tenía tanta confianza con el señor de la casa,
permitiéndose tratarle como á igual, se llegó á él, le puso sobre el hombro su descarnada y fría
mano, y le dijo: «Nunca aprende ... Ya está otra vez preparando los trastos de ahorcar. Mala
muerte va usted á tener, condenado de Dios, si no se enmienda.» Y Torquemada arrojó sobre ella
una mirada que resultaba enteramente amarilla, por ser en él de este color lo que en los demás
humanos ojos es blanco, y le respondió de esta manera: «Yo hago lo que me da mi santísima
gana, so mamarracho, vieja más vieja que la Biblia. Lucido estaría si consultara con tu necedad
lo que debo hacer.» Contemplando un momento el encerado de las matemáticas, exhaló un
suspiro y prosiguió así: «Si preparo los trastos, eso no es cuenta tuya ni de nadie, que yo me sé
cuanto hay que saber de tejas abajo y aun de tejas arriba, ¡puñales! Ya sé que me vas á salir con
el materialismo de la misericordia.... A eso te respondo que si buenos memoriales eché, buenas y
gordas calabazas me dieron. La misericordia que yo tenga, ¡...ñales! que me la claven en la
frente.»
«Basta de contemplaciones. Basta de contubernios. Basta de flaquezas. Ha sonado la hora de las
energías. Creíamos que los hechos, tan claros ya en la mente de todo el mundo, se presentarían al
fin en su espantosa gravedad á los ojos del insensato poder, que dirige los negocios públicos.
Juzgando que toda obcecación, por grande que sea, ha de tener su límite, creíamos que el
Gobierno no podría resistir á la evidencia de su descrédito; creíamos que, deponiendo la
terquedad propia de todos los poderes que no se apoyan en la opinión, se resolvería al fin á entrar
por más despejado y seguro camino, si no consideraba como la mejor de las enmiendas el
abandonar la vida pública. Esperábamos inquietos, antes los grandes males que afligen á la
patria; esperábamos callando, sin dejar de conocer los diarios y cada vez más graves errores «de
este insensato Gobierno. Hemos esperado hasta lo último, hasta que los escándalos han sido
intolerables. Hemos callado, mientras el callar no fué gravísima falta. Ya no hay esperanza. Es
preciso no ocultar la verdad al país, y nosotros faltaríamos al primero de nuestros deberes, si un
momento más permaneciéramos en esta actitud. Nuestro patriotismo nos impele á obrar de este
modo; y como sabemos que la opinión pública es la única....»
Al llegar aquí, el autor del artículo se paró. La inspiración, si así puede decirse, se le había
concluido; y como si el esfuerzo hecho para crear los párrafos que anteceden produjera fatiga en
