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Torquemada en la Hoguera

No le inquietaban gran cosa ni las molestias del domicilio ni las exigencias del casero. Sus
palacios eran el Prado en verano, y en invierno los portales de la casa Panadería. Varón sobrio y
enemigo de pompas mundanas, se contentaba con un rincón cualquiera donde pasar la noche.
Comía, como los pájaros, lo que encontraba, sin que jamás se apurase por esto, á causa de la
conformidad religiosa que existía en su alma, y de su instintiva fe en los misteriosos auxilios de
la Providencia, que á ningún ser grande ni chico desampara.
Los que esto lean creerán que Migajas era feliz. Parece natural que lo fuese. Si carecía de
familia, gozaba de preciosísima libertad, y como sus necesidades eran escasas, vivía
holgadamente de su trabajo, sin deber nada á nadie, sin que le quitaran el sueño cuidados ni
ambiciones; pobre, pero tranquilo; desnudo el cuerpo, pero lleno de paz sabrosa el espíritu. Pues
á pesar de esto, el señor de Migajas no era feliz. ¿Por qué? Porque estaba enamorado hasta las
gachas, como suele decirse.
Sí, señores: aquel Pacorrito tan pequeño y tan feo y tan pobre y tan solo, amaba. ¡Ley inexorable
de la vida, que no permite á ningún sér, cualquiera que sea, redimirse del despótico yugo del
amor.
Amaba nuestro héroe con soñador idealismo, libre de todo pensamiento impuro, á veces con
ardoroso fuego que en sus venas ponía un hervor de todos los demonios. Su corazón volcánico
tenía sensaciones de todas clases para el objeto amado, ora dulces y platónicas como las de
Petrarca, ora arrebatadas como las de Romeo.
¿Y quién había inspirado á Pacorrito pasión tan terrible? Pues una dama que arrastraba vestidos
de seda y terciopelo con vistosas pieles; una dama de cabellos rubios, que en bucles descendían
sobre su alabastrino cuello. La tal solía gastar quevedos de oro, y á veces estaba sentada al piano
tres días seguidos.
III
Sabed cómo la conoció Pacorro y quién era aquélla celestial hermosura.
Extendía el chico la esfera de sus operaciones mercantiles por la mitad de una de las calles que
afluyen á la Puerta del Sol, calle muy concurrida y con hermosas tiendas, que de día ostentan en
sus escaparates mil prodigios de la industria, y por las noches se iluminan con la resplandeciente
claridad del gas. Entre estas tiendas, la más bonita es una que pertenece á un alemán, siempre
llena de bagatelas preciosísimas destinadas á grandes y pequeños. Es el bazar de la infancia
infantil y de la adulta. Por Carnaval se llena de caretas burlescas; en Semana Santa de figuras
piadosas; hacia Navidad de Nacimientos y árboles cargados de juguetes, y por Año Nuevo de
magníficos objetos para regalos.
La pasión frenética de Pacorrito empezó cuando el alemán puso en su vitrina una encantadora
colección de damas vestidas con los ricos trajes que imagina la fantasía parisiense. Casi todas
tenían más de media vara de estatura. Sus rostros eran de fina y purificada cera, y ningún carmín
de frescas rosas se igualaba al rubor de sus castas mejillas. Sus azules ojos de vidrio brillaban
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