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Torquemada en la Hoguera

Pero permitidme, antes de referir lo que leí, que os dé alguna noticia del grande, del ilustre, del
imponderable Duque de Cantarranas.
Era un hidalguillo de poco más ó menos, atendida su fortuna, que consistía en una posesión
enclavada en Meco, dos casas en Alcobendas y un coto en la Puebla de Montalbán; también
disfrutaba de unos censos en el mismo lugar y de unos dinerillos dados á rédito. A esto habían
venido los estados de los Cantarranas, ducado cuyo origen es de los mas empingorotados. Así es
que el buen Duque era pobre de solemnidad, porque la posesión no le daba más que unos dos mil
reales, y esos mal pagados; las casas no producían tres maravedises, porque la una estaba
destechada, y la otra, la solariega por más señas, era un palacio destartalado, que no esperaba
sino un pretexto para venirse al suelo con escudo y todo. Nadie lo quería alquilar, porque tenía
fama de estar habitado por brujas, y los alcobendanos decían que allí se aparecían de noche las
irritadas sombras de los Cantarranas difuntos.
El coto no tenía más que catorce árboles, y esos malos. En cuanto á caza, ni con hurones se
encontraba, por atravesar la finca una servidumbre desde principios del siglo, en que huyó de allí
el último conejo de que hay noticia. Los dinerillos le producían, salvos disgustos, apremios y
tardanzas, unos tres mil realejos. Así es que Su Excelencia no poseía más que gloria y un
inmenso caudal de metáforas, que gastaba con la prodigalidad de un millonario. Su ciencia era
mucha, su fortuna escasa, su corazón bueno, su alma una retórica viviente, su persona ... su
persona merece párrafo aparte.
Frisaba en los cuarenta y cinco años; y esto que sé por casualidad, se confía aquí como sagrado
secreto, porque él ni á tirones pasaba de los treinta y nueve. Era colorado y barbipuntiagudo, con
lentes que parecían haber echado raíces en lo alto de su nariz. Estas llamaron siempre la atención
de los frenólogos por una especial configuración en que se traslucía lo que él llamaba exquisito
olfato moral. Para la ciencia eran magnífico ejemplar de estudio, un tesoro; para el vulgo eran
meramente grandes. Pero lo más table de su cáriz era la afección nerviosa que padecía, pues no
pasaban dos minutos sin que hiciese tantos y tan violentos visajes, que sólo por respeto á tan alta
persona no se morían de risa los que le miraban.
Su vestido era lección ó tratado de economía doméstica. Describir cómo variaba los cortes de sus
chalecos para que siempre pareciesen de moda, no es empresa de plumas vulgares. Decir con qué
prolijo esmero cepillaba todas las mañanas sus dos levitas, y con qué amor profundo les daba
aguardiente en la tapa del cuello, cuidando siempre de cogerlas con las puntas de los dedos para
que no se le rompieran, es hazaña reservada á más puntuales cronistas.
¿Pues y la escrupulosa revista de roturas que pasaba cada día á sus dos pantalones, y los remojos,
planchados y frotamientos con que martirizaba su gabán, prenda inocente que había encontrado
un purgatorio en este mundo? En cuanto á su sombrero, basta decir que era un problema de
longevidad. Se ignora qué talismán poseía el Duque para que ni un átomo de polvo, ni una gota
de agua manchasen nunca sus inmaculados pelos. Añádase á esto que siempre fué un misterio
profundo la salud inalterable de un paraguas de ballena que le conocí toda la vida, y que mejor
que el Observatorio podría dar cuenta de todos los temporales que se han sucedido en veinte
años. Por lo que hace á los guantes, que habían paseado por Madrid durante cinco abriles su
demacrada amarillez, puede asegurarse que la alquimia doméstica tomaba mucha parte en aquel
prodigio. Además, el Duque tenía un modo singularísimo de poner las manos, y á esto, más que
á nada, se debe la vida perdurable de aquellas prendas, que él, usando una de sus figuras
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