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Torquemada en la Hoguera

mientras que cielos no hay más que uno.... ¡Cuánto se aprende viviendo! ¿Sabes lo que se me ha
ocurrido? Pues que la religión es cosa admirable; pero que consagrarse enteramente á ella sin
pensar en nada más, me parece una gran majadería. Ya voy teniendo experiencia, y veo todas las
cosas con mucha claridad. Para alabar á Dios y honrarle, me parece á mí que antes que pasarnos
la vida metidas en las iglesias, debemos las plumas emplear constantemente nuestro pensamiento
en conocer y apreciar las leyes por el mismo Dios creadas. Yo, si quieres que te hable con el
corazón en la mano, no tengo muchas ganas de volver á la catedral, fuera de que ya hemos
perdido el camino y no lo encontraremos fácilmente. ¿No te parece que debemos lanzarnos por
esos espacios anchísimos buscando en ellos la razón de todas las cosas? Siento tal curiosidad,
que no sé qué haría por satisfacerla. ¡Saber! Ese es el objeto de nuestra vida; en saber consiste la
felicidad. No negaré yo que la Fe es muy estimable; pero la Ciencia, amigo mío, ¡cuánto más
estimable es! Por consiguiente, te confieso con toda ingenuidad que he variado de ideas, pero
con el firme propósito de que ésta sea la última vez. Quiero, á fe de pluma de origen divino,
examinar cómo y por qué se mueven esos astros; á qué distancia están unos de otros; qué tamaño
y qué cantidad de agua tienen los mares; qué hay dentro de la tierra; cómo se hacen la lluvia, el
rayo, el granizo; de qué diablos está compuesto el sol; qué cosa es la luz y qué el calor, etcétera,
etc. Me da la gana de saber todas esas cosas. Gracias á Dios que he encontrado la verdadera y
legítima ocupación de mi espíritu. Ni el amor pastoril, ni los placeres sensuales, ni la terrible y
estúpida gloria, ni el misticismo estéril, enaltecen al ser. ¡El conocimiento! ahí tienes la vida, la
verdadera vida, amigo vientecillo. Bendigo mis errores, de cuyas tinieblas saqué la luz de mi
experiencia y la certeza del destino que tenemos las plumas. Llévame, amigo, llévame por ahí,
pronto, que hay mucho que ver y mucho que estudiar.»
Corrieron, volaron, y la pluma no se cansaba de sus observaciones especulativas. Estudió la
marcha de los astros y las distancias á que están de la tierra; atravesó el inmenso Océano de una
orilla á otra; hízose cargo de la configuración y trazado de las costas; midió el globo, fijando la
atención en la diversidad de sus climas y habitantes; penetró en las cavernas profundas, donde
existen los indescifrables documentos de la Mineralogía, y leyó el gran libro Geológico, en
cuyas páginas ó capas hablan idioma parecido al de los jeroglíficos la multitud de fósiles, siglos
muertos que tan bien saben contar el misterio de las pasadas vidas; todo lo estudió, lo conoció y
se lo metió en el magín, y entre tanto no cesaba de repetir:
«¡Gran cosa es la Ciencia! ¡Y cuánto me felicito de haber entrado por este camino, el único
digno de nuestro noble origen!... Pero lo que me enfada es que nunca llegamos al fin: á medida
que voy aprendiendo, se me presentan nuevos misterios y enigmas. Yo quisiera aprendérmelo
todo de una vez. Es mucho cuento éste de que nunca se le ve el fondo al odre de la sabiduría.
¡Ay! Vientecillo perezoso, corre más, á ver si conseguimos llegar á un punto donde no haya más
tierra, ni más mar, ni más cielo, ni más estrellas.... Esto no se acaba nunca. Corramos, volemos,
que no ha de haber cosa que yo no vea ni examine, ni arcano que no se me revele. He de saber
cómo es Dios, cómo es el alma humana, de dónde salimos las plumas y á dónde volvemos,
después de dar nuestro último vuelo e el viaje de la existencia.»
Y así transcurrió un lapso de tiempo indeterminable, y ni se veía el fin de la Ciencia, ni la sed de
saber encontraba donde saciarse por completo. Ya habían recorrido toda la atmósfera que rodea
nuestro planeta; y la buena pluma, cansada y aburrida, sin fuerzas para avanzar más, giraba
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