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Torquemada en la Hoguera

INTRODUCCIÓN
Sobre el apelmazado suelo de un corral, entre un cascarón de huevo y una hoja de rábano, cerca
del medio plato donde bebían los pollos y como á dos pulgadas del jaramago que se había nacido
en aquel sitio sin pedir permiso á nadie, yacía una pequeña y ligerísima pluma, caída al parecer
del cuello de cierta paloma vecina, que diez minutos antes se había dejado acariciar ¡oh femenil
condescendencia! por un D. Juan que hacía estragos en los tejados de aquellos contornos.
El corral era triste, feo y solitario. Desde donde estaba la pluma no se veía otra cosa que la copa
de algunos castaños plantados fuera de la tapia; el campanario de la iglesia con su remate
abollado, á manera de sombrero viejo; la vara enorme y deslucida de un chopo inválido y casi
moribundo, y las tejas dé la casa adyacente, que en días de temporal regaban con abundante lloro
el corral y la huerta. La vid, la zarza trepadora y la madreselva, apenas cubrían entre las tres toda
la extensión de la tapia, erizada de vidrios rotos en su parte superior, que servía de baluarte
inexpugnable contra zorras y chicuelos.
A esto se reducía el paisaje, amén del inmenso y siempre hermoso cielo, tan espléndido de día,
como imponente y misterioso de noche.
La pluma (¿por qué no hemos de darle vida?) yacía, como dijimos, en compañía de varios
objetos bastante innobles, propios del lugar, y constantemente expuesta a ser hollada por la
bárbara planta de los gansos, de los pollos y aun de otros animalejos menos limpios y decentes
que tenían habitación en algún lodazal cercano.
No hay para qué decir que la pluma debía de estar muy aburrida; pues suponiendo un alma en
han delicado, aéreo y flexible cuerpo, la consecuencia es que esta alma no podía vivir contenta
en el corral descrito. Por una misteriosa armonía entre los elementos constitutivos de aquel ser, si
el cuerpo parecía un espectro de materia, el alma había sido creada para volar y remontarse a las
alturas, elevándose a la mayor distancia, posible sobra el suelo, en cuyo fango jamás debieran
tocar los encajes casi imperceptibles de su sutil vestidura. Para esto había nacido ciertamente;
pero en ella, como en nosotros los hombres, la predestinación continuaba siendo una vana
palabra. Estaba la pobre en el corral, lamentando su suerte, con la vista fija en el cielo, sin más
distracción que ver agitados por el viento los blancos festones de su ropa inmaculada, y diciendo
en la ignota lengua de las plumas: «No sé cómo aguanto esta vida fastidiosa. Más valdría cien
veces morir.»
Otras muchas cosas igualmente tristes dijo; pero en el mismo instante una ráfaga de viento que
puso en conmoción todas las pajas y objetos menudos arrojados en el corral, la suspendió, ¡oh
inesperada alegría! alzándola sobre el suelo más de media vara. Por breve espacio de tiempo
estuvo fluctuando de aquí para allí, amenazando caer unas veces y remontándose otras, con gran
algazara de los pollos, quienes al ver aquella cosa blanca que se paseaba por los aires con tanta
majestad, iban tras ella aguardándola en su caída, con la esperanza de que fuera algo de comer.
Pero el viento sopló más recio, y haciendo un fuerte remolino en todo el recinto del corral, la
sacó fuera velozmente. Cuando ella se vió más alta que la tapia, más alta que la casa, que los
castaños, que la cúspide del chopo, tembló toda de entusiasmo y admiración. Allá arribita, el
viento la meció, sosteniéndola sin violentas sacudidas: parecía balancearse en visible hamaca ó
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