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Torquemada en la Hoguera

—¡El artículo! ¡Mal rayo me parta! ¡Es preciso acabarlo!
Y devorado por la ansiedad, trémulo y medio loco, trincó la pluma y ¡hala!
«Fácil es comprender, escribió, que esta situación no puede prolongarse mucho, por el aflictivo
estado de la Hacienda. Los apuros del Erario son tales, que se nos llena el corazón de tristeza
cuando hacemos un examen detenido de las rentas públicas. Los ingresos disminuyen de un
modo aterrador; aumentan los gastos. Todas las corporaciones carecen de lo más necesario para
cubrir sus atenciones. La miseria cunde por todas partes, y el ánimo se abate al considerar
nuestra situación. Nos es imposible aspirar á nobles fines, porque en la vida moderna nada puede
lograrse; todas las mejoras materiales y morales son ilusorias cuando el Estado se halla próximo
á una vergonzosa ruina. ¡Ah! Es preciso llamar sobre esto la atención del país. El Tesoro público
está exhausto. La situación es angustiosa, insostenible, desesperada. ¡Oh! Hay que exigir la
responsabilidad á quien corresponda apartando de la gestión de los negocios públicos á los
hombres funestos....»
No pudo seguir, porque su amigo, que se había asomado al balcón mientras él escribía, le
llamaba con grandes voces.
—¡Ven, ven ... eccola! Por la calle pasa la ragazza con Doña Lorenza y el futuro Marquesito.
¡Oh terribil momento!
El desdichado escritor levantóse de su asiento, tiró papel y plumas, sin cuidarse de que aquellos
hombres funestos siguieran ó no encargados de la gestión de los negocios públicos.
Los dos fijaron la vista con ansiosa curiosidad en un grupo que por la calle iba, compuesto de
tres personas, á saber: una vieja por extremo tiesa y con un aire presuntuoso que indicaba su
adoración de todas las cosas tradicionales y venerandas; una joven, de cuya hermosura no podían
tenerse bastantes datos desde el balcón, si bien no era difícil apreciar la esbeltez de su cuerpo, su
andar airoso y su traje, en que la elegancia y la modestia habían conseguido hermanarse; y por
ultimo, un mozalbete, cuyo semblante no era fácil distinguir, pues sólo se veía algo de patillas,
su poco de lentes y unas miajas de nariz.
El desesperado articulista estuvo á punto de gritar, de arrojar el objeto que hallara más á mano
sobre la inocente pareja que cruzaba la calle. Púsose lívido al notar que se hablaban con una
confianza parecida á la intimidad, y hasta le pareció escuchar algunas tiernas y conmovedoras
frases. Apretó los puños y echó por aquella boca sapos y culebras, apartándose del balcón por no
presenciar más tiempo un espectáculo que le enloquecía. Al volverse, su mirada se cruzó con la
mirada del bruto de la imprenta, que inmóvil en medio de la sala, más feo, más horrible y
siniestro que nunca, reclamaba las nefandas cuartillas. ¡Nada, nada, á rematar el artículo! Ciego
de furor, pálido como la muerte, trémulo, y con extraviados ojos, se sentó, tomó la pluma y
salpicando á diestra y siniestra grandes manchurrones de tinta, acribillando el papel con los
picotazos de la pluma, enjaretó lo siguiente:
«Sí: hay que apartar de la gestión de los negocios públicos á esos hombres funestos, que han
usurpado el poder de una manera nunca vista en los anales de la ambición; á esos hombres
inmorales, que han extendido á todas las esferas administrativas sus viciosas costumbres; á esos
hombres que escarnecen al país con sus improvisadas fortunas. Todo el mundo ve con
indignación los abusos, la audacia, el cinismo de tales hombres, y nosotros participamos de esa
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