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Torquemada en la Hoguera

moral. Lloraba en silencio, y daba unos suspiros que se oían en toda la casa. Transcurrido un
buen rato, pidió que le llevaran café con media tostada, porque sentía debilidad horrible. La
pérdida absoluta de la esperanza le trajo la sedación nerviosa, y la sedación, estímulos
apremiantes de reparar el fatigado organismo. Á media noche fué preciso administrarle un
substancioso potingue, que fabricaron la hermana del fotógrafo de arriba y la mujer del carnicero
de abajo, con huevos, Jerez y caldo de puchero. «No sé qué me pasa—decía el Peor;—pero ello
es que parece que se me quiere ir la vida.» El suspirar hondo y el llanto comprimido le duraron
hasta cerca del día, hora en que fué atacado de un nuevo paroxismo de dolor, diciendo que quería
ver á su hijo; resucitarle, costara lo que costase, é intentaba salirse del lecho, contra los
combinados esfuerzos de Bailón, del carnicero y de los demás amigos que contenerle y calmarle
querían. Por fin lograron que se estuviera quieto, resultado en que no tuvieron poca parte las
filosóficas amonestaciones del clerigucho, y las sabias cosas que echó por aquella boca el
carnicero, hombre de pocas letras, pero muy buen cristiano. «Tienen razón—dijo D. Francisco,
agobiado y sin aliento.—¿Qué remedio queda más que conformarse? ¡Conformarse! Es un viaje
para el que no se necesitan alforjas. Vean de qué le vale á uno ser más bueno que el pan, y
sacrificarse por los desgraciados, y hacer bien á los que no nos pueden ver ni en pintura.... Total,
que lo que pensaba emplear en favorecer á cuatro pillos ... ¡mal empleado dinero, que había de ir
á parar á las tabernas, á los garitos y á las casas de empeño!... digo que esos dinerales los voy á
gastar en hacerle á mi hijo del alma, á esa gloria, á ese prodigio que no parecía de este mundo, el
entierro más lucido que en Madrid se ha visto. ¡Ah, qué hijo! ¿No es dolor que me le hayan
quitado? Aquello no era hijo: era un diosecito que engendramos á medias el Padre Eterno y yo....
¿No creen ustedes que debo hacerle un entierro magnífico? Ea, ya es de día. Que me traigan
muestras de carros fúnebres ... y vengan papeleta negras para convidar á todos los profesores.»
Con estos proyectos de vanidad, excitóse el hombre, y á eso de las nueve de la mañana,
levantado y vestido, daba sus disposiciones con aplomo y serenidad. Almorzó bien, recibía
cuantos amigos llegaban á verle, y á todos les endilgaba la consabida historia: «Conformidad....
¡Qué le hemos de hacer!... Está visto: lo mismo da que usted se vuelva santo, que se vuelva usted
Judas, para el caso de que le escuchen y le tengan misericordia.... ¡Ah, misericordia!... Lindo
anzuelo sin cebo para que se lo traguen los tontos.»
Y se hizo el lujoso entierro, y acudió á él mucha y lucida gente, lo que fué para Torquemada
motivo de satisfacción y orgullo, único bálsamo de su hondísima pena. Aquella lúgubre tarde,
después que se llevaron el cadáver del admirable niño, ocurrieron en la casa escenas lastimosas.
Rufina, que iba y venía sin consuelo, vió á su padre salir del comedor con todo el bigote blanco,
y se espantó creyendo que en un instante se había llenado de canas. Lo ocurrido fué lo siguiente:
fuera de sí, y acometido de un espasmo de tribulación, el inconsolable padre fué al comedor y
descolgó el encerado en que estaban aún escritos los problemas matemáticos, y tomándolo por
retrato, que fielmente le reproducía las facciones del adorado hijo, estuvo larguísimo rato dando
besos sobre la fría tela negra, y estrujándose la cara contra ella, con lo que la tiza se le pegó al
bigote mojado de lágrimas, y el infeliz usurero parecía haber envejecido súbitamente. Todos los
presentes se maravillaron de esto, y hasta se echaron á llorar. Llevóse D. Francisco á su cuarto el
encerado, y encargó á un dorador un marco de todo lujo para ponérselo, y colgarlo en el mejor
sitio de aquella estancia.
Al día siguiente, el hombre fue acometido, desde que abrió los ojos, de la fiebre de los negocios
terrenos. Como la señorita había quedado muy quebrantada por los insomnios y el dolor, no
podía atender á las cosas de la casa: la asistenta y la incansable tía Roma la sustituyeron hasta
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