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Torquemada en la Hoguera

una mujercita que da tés y empeña el verbo para comprar las pastas; viudas lloronas que cobran
del Montepío civil ó militar y se ven en mil apuros; sujetos diversos que no aciertan á resolver el
problema aritmético en que se funda la existencia social, y otros muy perdidos, muy faltones,
muy destornillados de cabeza ó rasos de moral, tramposos y embusteros.
Pues todos éstos, el bueno y el malo, el desgraciado y el pillo, cada uno por su arte propio, pero
siempre con su sangre y sus huesos, le amasa ron al sucio de Torquemada una fortunita que ya la
quisieran muchos que se dan lustre en Madrid, muy estirados de guantes, estrenando ropa en
todas las estaciones, y preguntando, como quien no pregunta nada: «Diga usted, ¿á cómo han
quedado hoy los fondos?»
El año de la Revolución, compró Torquemada una casa de corredor en la calle de San Blas, con
vuelta á la de la Leche; finca muy aprovechada, con veinticuatro habitacioncitas, que daban,
descontando insolvencias inevitables, reparaciones, contribución, etc., una renta de 1.300 reales
al mes, equivalente á un siete ó siete y medio por ciento del capital. Todos los domingos se
personaba en ella mi D. Francisco para hacer la cobranza, los recibos en una mano, en otra el
bastón con puño de asta de ciervo; y los pobres inquilinos que tenían la desgracia de no poder ser
puntuales, andaban desde el sábado por la tarde con él estómago descompuesto, porque la adusta
cara, el carácter férreo del propietario, no concordaban con la idea que tenemos del día de fiesta,
del día del Señor, todo descanso y alegría. El año de la Restauración, ya había duplicado
Torquemada la pella con que 13 cogió la gloriosa, y el radical cambio político proporcionóle
bonitos préstamos y anticipos. Situación nueva, nóminas frescas, pagas saneadas, negocio
limpio. Los gobernadores flamantes que tenían que hacerse ropa, los funcionarios diversos que
salían de la obscuridad, famélicos, le hicieron un buen Agosto. Toda la época de los
conservadores fué regularcita; como que estos le daban juego con las esplendideces propias de la
dominación, y los liberales también con sus ansias y necesidades no satisfechas. Al entrar en el
gobierno, en 1881, los que tanto tiempo estuvieron sin catarlo, otra vez Torquemada en alza:
préstamos de lo fino, adelantos de lo gordo, y vamos viviendo. Total, que ya le estaba echando el
ojo á otra casa, no de corredor, sino de buena vecindad, casi nueva, bien acondicionada para
inquilinos modestos, y que si no rentaba más que un tres y medio á todo tirar en cambio su
administración y cobranza no darían las jaquecas de la cansada finca dominguera.
Todo iba como una seda para aquella feroz hormiga, cuando de súbito le afligió el cielo con
tremenda desgracia: se murió su mujer. Perdónenme mis lectores si les doy la noticia sin la
preparación conveniente, pues sé que apreciaban á Doña Silvia, como la apreciábamos todos los
que tuvimos el honor de tratarla, y conocíamos sus excelentes prendas y circunstancias. Falleció
de cólico miserere, y he de decir, en aplauso de Torquemada, que no se omitió gasto de médico y
botica para salvarle la vida á la pobre señora. Esta pérdida fue un golpe cruel para Don
Francisco, pues habiendo vivido el matrímonio en santa y laboriosa paz durante más de cuatro
lustros, los caracteres de ambos cónyuges se habían compenetrado de un modo perfecto,
llegando á ser ella otro él, y él como cifra y refundición de ambos. Doña Silvia no sólo
gobernaba la casa con magistral economía, sino que asesoraba á su pariente en los negocios
difíciles, auxiliándole con sus luces y su experiencia para el préstamo. Ella defendiendo el
céntimo en casa para que no se fuera á la calle, y él barriendo para adentro á fin de traer todo lo
que pasara, formaron un matrimonio sin desperdicio, pareja que podría servir de modelo á
cuantas hormigas hay debajo de la tierra y encima de ella.
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