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Torquemada en la Hoguera

Aquí están sus obras.
Ved los pensamientos, con sus caritas amarillas y sus caperuzas de terciopelo. Miran á un lado y
á otro, mecidos por el delicioso aliento de la mañana, y tiemblan de gozo contemplándose tan
guapos, tan saludables, tan vividores. Los ojuelos negros de estos enanos, que, á semejanza de
los ángeles menores, no tienen sino cabeza y alas, nos miran con picaresca malicia, y hasta
parece que se ríen, los muy pillos, cuando el viento les hace dar cabezadas unos contra otros,
agitándolos en toda la extensión de su inmensa falanje. Los hay pálidos y linfáticos; los hay
sanguíneos y mofletudos; unos se calan el gorrito hasta las cejas; otros lo echan hacia atrás; éstos
parecen calvos; de aquéllos se diría que gastan barbas, y todos están más alegres que unas
pascuas, y en su charlar ignoto exclaman sin duda: «Compañeros, á vivir se ha dicho. ¡Buena
panzada de aire, de luz y de agua nos estamos dando!»
Más juiciosas son esas chiquillas que llaman minutisas, pues si las han puesto en compañía de
tales granujas, saben ellas formar grupos encantadores, ramilletes que parecen corrillos, y
jugando á la rueda sin admitir á ningún intruso, se entienden solas. Estas lindas estrellas de la
tierra, que esmaltan los jardines con su púrpura risueña, son parientas lejanas del orgulloso
clavel. ¡Nadie lo diría, porque son tan modestas...!
Allí está. ¡Qué noblemente pliega el aromático turbante blanco y rojo de mil rizos! Salud al
califa espléndido, magnífico, soberano. La embriagadora poesía que de él brota incita al
sibaritismo, á las ardientes pasiones. ¡Ah calaverón!... Este vicioso es tan popular, que hasta los
pobres más pobres lo crían, aunque sea en una olla rota. Parece que hace soñar, como el opio,
felicidades imposibles. Su fuerte aroma sensual es como una visión.
No son así las rosas, que aparecen en este mes en primoroso estado de madurez. Las de Mayo
eran niñas, éstas son damas, y en sus abiertas hojas ahuecadas, blandas, puras, tenues, hay no sé
qué magistral arte del mundo. Si Dios les concediera un soplo más de vida, uno no más,
hablarían seguramente; pero más vale que estén mudas. Una gracia infinita, una delicadeza
incomparable, una hermosura ideal, hacen de esta flor la sonrisa de la Naturaleza. Cuando las
rosas mueren, el mundo se pone serio.
Allá lejos, encaramado sobre la tapia ó al arrimo de la antigua pared, buscando la soledad,
buscando la altura, esperando con ansia la sosegada noche, está el galán, el poeta sentimental, el
romántico jazmín, en una palabra. Pálido y pequeño, toda su vida es alma. Le tocan, y cae del
tallo. Vive del sentimiento, ama la noche, y si los aromas fueran música, el jazmín seria el
ruiseñor.
Fijemos la vista en las gallardas peonías. No se necesitan ciertamente anteojos para verlas, según
son de abultadas y presumidas. No merecen mis simpatías estas enfáticas señoras que todo lo
gastan en trapos; y si está fuera de duda que son bellas, ello es que antes admiran que enamoran,
y su hermosura más tiene de aparente que de real. Nada, nada; aquí hay algo postizo: estas
señoras se pintan.
Grande y vistosa es también aquélla. Saludemos á la magnolia, princesa india que ha venido de
viaje y se ha quedado en nuestro clima. No está bien de salud la señora; pero ¡qué aristocrática,
qué regia es esta amazona! No se contenta con ser fragante y deliciosa flor, sino que quiere ser
árbol, es decir, hombre. Ved cómo cabalga en la alta rama, y atrevida mira cara á cara al olmo
corpulento, al castaño de mil flores y al quijotesco eucaliptus.
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