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Torquemada en la Hoguera

Cuando, solo ya con su mujercita, la estrechó entre sus brazos, no experimentó sensación alguna
de placer divino ni humano, sino el choque áspero de dos cuerpos duros y fríos. Besóla en las
mejillas, y las encontró heladas. En vano su espíritu, sediento de goces, llamaba con furor á la
naturaleza. La naturaleza en él era cosa de cacharrería. Sintió palpitar su corazón como una
máquina de reloj Sus pensamientos subsistían, pero todo lo restante era insensible materia.
La Princesa se mostraba muy complacida.
«¿Qué tienes, amor mío?—preguntó á Pacorrito viendo su expresión de desconsuelo.
—Me aburro soberanamente, chica—dijo el galán, adquiriendo confianza.
—Ya te irás acostumbrando. ¡Oh deliciosos instantes! Si durárais mucho, no podríamos vivir.
—¡A esto llama delicioso tu Alteza!—exclamó Migajas.—¡Dios mío, qué frialdad, qué dureza,
qué vacío, qué rigidez!
—Tienes aún los resabios humanos, y el vicio de los estragados sentidos del hombre. Pacorrito,
modera tus arrebatos ó trastornarás con tu mal ejemplo á todo el muñequismo viviente.
—¡Vida, vida, sangre, calor, pellejo!—gritó Migajas con desesperación, agitándose como un
insensato.—¿Qué es esto que pasa en mí?»
La Princesa le estrechó en sus brazos, y besándole con sus rojos labios de cera, exclamó:
«Eres mío, mío por los siglos de los siglos.»
En aquel instante oyóse gran bulla y muchas voces que decían: «¡La hora, la hora!»
Doce campanadas saludaron la entrada del Año Nuevo. Todo desapareció de súbito á los ojos de
Pacorrito: Princesa, palacio, muñecos, emperadores, y se quedó solo.
XIV
Se quedó solo y en obscuridad profunda.
Quiso gritar y no tenía voz. Quiso moverse y carecía de movimiento. Era piedra.
Lleno de congoja esperó. Vino por fin el día, y entonces Pacorrito se vió en su antigua forma;
pero todo de un color, y al parecer de una misma materia: cara, brazos, ropa, cabello y hasta los
periódicos que en la mano tenía.
»Ya no me queda duda—exclamó llorando por dentro.—Soy mismamente como un ladrillo.
Vió que frente á él había un gran cristal con algunas letras del revés. A un lado multitud de
figurillas y objetos de capricho le acompañaban.
«¡Estoy en el escaparate!... ¡Horror!»
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