Not a member?     Existing members login below:

Tormento

mortificaba todo lo que fuera unaexcepción en la calma y rutina del mundo, toda voz
desafinada, toda cosafuera de su lugar, toda protesta contra las bases de la sociedad y
lafamilia, todo lo que anunciara discordia y violencia, lo mismo en laesfera privada
que en la pública. Era un extenuado caminante que quierele dejen descansar allí
donde ha encontrado quietud, paz y silencio.
Había comprado una casa nueva, hermosísima, en la calle del Arenal, cuyoprimer
piso ocupaba por entero. Parte de ella estaba amueblada ya,atendiendo más a la
disposición cómoda, según el uso inglés, que a eselujo de la gente latina, que sacrifica
su propio bienestar a estúpidasapariencias. Allí, sin que faltara lo que recrea la vista,
prevalecíatodo lo necesario para vivir bien y holgadamente. Aún no estaba completoel
ajuar de todas las habitaciones, particularmente de las destinadas ala señora y a la
futura prole de Caballero; pero cada día llegabannuevas maravillas. La casa era tal,
que sólo pocas familias dereconocida opulencia podían tenerla semejante en aquellos
tiemposmatritenses en que sobre la vulgaridad del gran villorrio empezabaa despuntar
la capital moderna; y esta la constituyen, no sólo lasanchas vías y espaciosos barrios,
sino también, y más principalmente aúnla comodidad y aseo de los interiores. Los
amigos de Caballero vieronasombrados el magnífico cuarto de baño que supo instalar
aquel hombreextravagante venido de América; se pasmaron de aquella cocina
monstruoque además de guisar para un ejército, daba agua caliente para toda lacasa;
admiraron las anchas alcobas trasladadas de los recónditoscuchitriles a las luces y al
aire directo de la calle; advirtieron quelas salas de puro ornato no robaban la
exposición de mediodía a lashabitaciones vivideras, y se asustaron de ver el gas en los
pasillos,cocina, baño, billar y comedor; y otras muchas cosas vieron y alabaronque
omitimos por no incurrir en prolijidad.
El despacho no estaba amueblado según los modelos convencionales de
laelegancia, que tan fácilmente tocan en lo cursi. Desdeñando la rutina delos
tapiceros, puso Agustín su despacho a estilo de comerciante rico, ylo primero que, se
veía en él, al entrar, era el copiador de cartas consu prensa de hierro y demás
adminículos. Dentro de lujosa vitrina, habíauna linda colección de figurillas
mejicanas, tipos populares expresadoscon verdad y gracia admirable en cera y trapo.
Nada existe más bonitoque estas creaciones de un arte no aprendido, en el cual
laimitación de la Naturaleza llega a extremos increíbles, demostrando laaptitud
observadora del indio y la habilidad de sus dedos para darespíritu a la forma. Sólo en
el arte japonés se encuentra algo de valorsemejante a la paciencia y gusto de los
escultores aztecas.
Dos estantes, uno repleto de libros de comercio y otro de literatura,hacían juego con
la exhibición de figurillas; mas la literatura era todade obras decorativas, si bien entre
ellas las había tan notables por sucontenido como por sus pastas. Un calendario
americano, género denovedad entonces, ocupaba uno de los sitios más visibles. El
reloj de lachimenea era un hermoso bronce parisiense de estilo egipcio, con golpesde
Remove