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Tormento

Algo más de lo trascrito hablaron, frases sin sustancia para los demás,para ellos
interesantísimas. En la puerta de la casa, cuando mutuamentese recreaban en sus
miradas, recibiéndolas y devolviéndolas en agradablejuego, Caballero deslizó esta
palabra:
«¿Subo?».
—Creo que no es prudente.
Ambos estaban serios.
—Me parece muy bien—dijo Agustín, que siempre era razonable—.Mañana... ¡Qué
feliz soy! ¿Y usted... y tú?
—Yo también.
—Sube. Aguardaré hasta que te vea dar la primera vuelta por laescalera.
XXI
Aquel buen hombre, que se había pasado lo mejor de su vida en un trabajoárido,
siendo en él una misma persona el comerciante y el aventurero,tenía, al entregarse al
descanso, la pasión del orden, la manía de lascomodidades y de cuanto pudiera hacer
placentera y acompasada la vida.Le mortificaba todo lo que era irregular, todo lo que
traía algúndesentono a las rutinarias costumbres que tan fácilmente adquiría.Había
establecido en su casa un régimen, por el cual todo se hacíaa horas fijas. Las comidas
se le habían de servir a punto, y hasta encosas muy poco importantes ponía riguroso
método. Ver cualquier objetofuera de su sitio en el despacho o en el gabinete le
mortificaba. Si encualquier mueble notaba polvo, si por alguna parte se echaban de
vernegligencias de Felipe, se incomodaba, aunque con templanza. «Felipe,mira cómo
está ese candelabro... Felipe, ¿te parece que es ese el sitiode las cajas de cigarros?
Felipe, veo que te distraes mucho... Te hasdejado aquí tus apuntes de clase. Hazme el
favor de no ponerme aquípapeles que no sean míos».
Este prurito de método y regularidad se manifestaba más aún en cosas demás alto
interés. Por lo mismo que había pasado lo mejor de su vida enmedio del desorden,
sentía al llegar a la edad madura, vehemente anhelode rodearse de paz y de asegurarla
arrimándose a las instituciones y alas ideas que la llevan consigo. Por esto aspiraba a
la familia, almatrimonio, y quería que fuera su casa firmísimo asiento de las
leyesmorales. La religión, como elemento de orden, también le seducía, y unhombre
que en América no se había acordado de adorar a Dios con ningúnrito, declarábase en
España sincero católico, iba a misa y hallaba muyinconvenientes los ataques de los
demócratas a la fe de nuestrospadres. La política, otro fundamento de la permanencia
social,penetró asimismo en su alma, y vedle aplaudiendo a los que queríanreconciliar
las instituciones históricas con las novedadesrevolucionarias. A Caballero le
 
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