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Tormento

—Pues por mi parte...—manifestó el tímido—, creo que notendré dificultad.
Verdad que esto es ya en mí pasión antigua, y tantome he acostumbrado a tal idea,
que cuando estoy solo y aburrido en casame parece que la veo entrar a usted, digo, a
ti; me parece que te veoentrar, y que te oigo, dando órdenes a los criados y
gobernando lacasa... Si ahora estas esperanzas de tanto tiempo se
desvanecieran,créalo usted... créelo, me enterrarían.
Amparito, confusa, se dejó estrechar la mano por la vigorosa y ardientede su amigo.
Miraba a otra parte, a ninguna parte. Tenía la vistaextraviada. Había visto pasar una
sombra negra.
«Ese gran suspiro—preguntó Caballero en tono pueril—¿es por mí?».
Ella le miró. Iba a decir que sí, pero no dijo sino:
«Con cien mil vidas que tuviera no le pagaría a usted...».
—Yo no quiero cien mil vidas; me basta con una, a cambio de la que yodoy. Lo que
ofrezco no es gran cosa. Todos dicen que soy un bruto, unsalvaje. Bien comprendo
que no tengo atractivos, que mis modales sonalgo toscos y mi conversación seca. Me
he criado en la soledad, y no esextraño que esa segunda madre mía me haya sacado un
tanto parecido aella. Quizás en la vida íntima me encontrarían aceptable los que
metachan de soso en la sociedad; pero esto no lo saben los queme ven de lejos...
—Lo que a los demás no gusta—afirmó la joven resuelta, inspirada—a míme gusta.
Estaba tan guapita, que al más severo se lo podría perdonar que seenamorase
locamente de ella, sólo con verla una vez. Ojos de unaexpresión acariciante, un poco
tristes y luminosos como el crepúsculo dela tarde; tez finísima y blanca; cabello
castaño, abundante y rizado;con suaves ondas naturales; cuerpo esbelto y bien dotado
de carnes; bocadeliciosa e incomparables dientes, como pedacitos iguales de bien
pulidomármol blanco; cierta emanación de bondad y modestia, y otros y
otrosencantos hacían de ella la más acabada estampa de mujer que se
pudieraimaginar. ¡Lástima grande que no llevara más gala que el aseo y queestuviera
su vestido tan entrado en días! El velo estaba pidiendosustituto, el mantón lo mismo,
y sus botas aparentaban, a fuerza dealiños, una juventud que no tenían. Pero todos
aquellos desperfectos, yaun otros menos visibles, tendrían remedio bien pronto.
Entonces ¿quéimagen se compararía a la suya? Pensando rápidamente en esto, todo
suser latía con ansiedad muy viva. Porque Amparito, dígase claro, no teníaambición
de lujo, sino de decencia; aspiraba a una vida ordenada, cómoday sin aparato, y
aquella fortuna que se le acercaba diciéndole «aquíestoy, cógeme», la volvía loca de
alegría Y no obstante, valorle faltaba para cogerla, porque de su interior turbadísimo
salíanreparos terribles que clamaban: «detente... eso no es para ti».
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