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Tormento

Cuando Amparo llegó a su casa, era ya tan tarde que no quiso ir a la deBringas.
Intentó recordar el pretexto con que, según lo convenidoconsigo misma, debía
explicar al día siguiente su falta de asistencia;mas la mal preparada disculpa se le
había ido del pensamiento. Erapreciso inventar otra, y a ello consagró por la noche los
breves ratosque le dejaban libre sus cavilaciones sobre asunto más
grave.«Seguramente—pensaba al acostarse—hoy que yo he faltado, habrá idoél».
Así era. Agustín había ido a la casa de sus primos muy temprano, enaquella
matutina hora en que la viva imagen de Thiers recorría en mangasde camisa los
pasillos, con la jofaina en las manos, para trasportar asu cuartito el agua con que se
había de lavar; en aquella hora en queRosalía, no bien dejadas las perezosas plumas,
se dedicaba a menesteresy trabajos impropios de quien la noche antes había estado en
la tertuliade la Tellería hecha un brazo de mar, respirando aires de protección porlas
infladas ventanillas de su nariz. Como en Madrid todo el mundo seconoce y no había
forastero en la reunión, a nadie se le ocurrió decir:«Pero esta señora de tantos humos,
tan elegantona y tan perdona-vidas,será esposa de algún prócer considerable o de
cualquier riconegociante». En la eterna mascarada hispano-matritense no hay engaño,
yhasta la careta se ha hecho casi innecesaria.
Estaba la Bringas en tal facha aquella mañana, que se la hubiera tomadopor una
patrona de huéspedes de las más humildes. ¡Qué fatiga la suya yqué andrajos llevaba
sobre sí! La criada estaba en la compra, y laseñora, después de dar muchas vueltas por
la cocina, arreglaba a losniños para mandarlos al colegio.
«Hola, Agustín... ¿por aquí tan temprano?—dijo a su primo, cuando esteentró en el
comedor—. Anoche, en casa de Tellería, alguien, no recuerdoquién, habló de ti...
Dijeron que te ibas despabilando, y que eres delos que las matan callando... Si tendrás
tú algún trapicheo por ahí.Todavía, todavía hemos de buscarte una novia, y el mejor
día tecasamos».
Diciéndolo, Rosalía miraba con tristeza a su niña, mientras le ataba eldelantalito y
le ponía el sombrero. Hubiera querido la ambiciosa mamáque, por la sola virtud de
sus amantes miradas, diera Isabelitamilagroso estirón y llegara a casadera antes que
Agustín se pusieseviejo.
«Mira tú, primo—díjole en una variante del mismo pensamiento—; no espor
adularte; pero cada día parece que estás más joven y mejorparecido... Así, aunque
esperaras cinco o seis años más, no perderíasnada».
—No, Rosalía. Si me caso ha de ser el año que viene.
—¿De veras?
—Digo que podrá ser. No lo aseguro.
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