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Tormento

peculiarser, como metal que se derrite para buscar nueva forma en molde
nuevo,ocupaba a Polo las tres cuartas partes de sus días solitarios y de susnoches sin
sueño, y en rigor de verdad, le tonificaba el espíritubeneficiando también un poco el
cuerpo, porque activaba las funcionesvitales. Aunque forzada y artificiosa, aquella
vida, vida era.
Sepultado en el sillón, las manos cruzadas en la frente, formando comouna visera
sobre los ojos, estos cerrados, se dejaba ir, sedejaba ir... de la idea a la ilusión, de la
ilusión a la alucinación...Ya no era aquel desdichado señor, enfermo y triste, sino otro
de muydiferente aspecto, aunque en sustancia el mismo. Iba a caballo, teníabarbas en
el rostro, en la mano espada; era, en suma, un valiente yafortunado caudillo. ¿De
quién y de qué? Esto sí que no se metía aaveriguarlo; pero tenía sospechas de estar
conquistando un grandísimoimperio. Todo le era fácil; ganaba con un puñado de
hombres batallasformidables y ¡qué batallas! A Hernán Cortés y a Napoleón les
podríatratar de tú.
Después se veía festejado, aplaudido, aclamado y puesto en el cuerno dela luna. Sus
ojos fieros infundían espanto al enemigo, respeto yentusiasmo a las muchedumbres,
otro sentimiento más dulce a las damas.Era, en fin, el hombre más considerable de su
época. A decir verdad, nosabía si el traje que llevaba era férrea armadura o el
uniforme modernocon botones de cobre. Sobre punto tan importante ofrecía la
imagen, enel propio pensamiento, invencible confusión. Lo que sí sabía de ciertoera
que no estaba forrado su cuerpo con aquella horrible funda negra,más odiosa para él
que la hopa del ajusticiado.
Y dejándose llevar, dejándose llevar, dio con su fantasía en otra parte.Mutación fue
aquella que parecía cosa de teatro. Ya no era el tremebundo guerrero que andaba a
caballo por barranqueras y vericuetosazuzando soldados al combate; era, por el
contrario, un señor muypacífico que vivía en medio de sus haciendas, acaudillando
tropas desegadores y vendimiadores, visitando sus trojes, haciendo obra en
susbodegas, viendo trasquilar sus ganados y preocupándose mucho de si lavaca
pariría en Abril o en Mayo. Veíase en aquella facha campesina tanlleno de contento,
que le entraba duda de si sería él efectivamente ofalsificación de sí mismo. Se
recreaba oyendo como resonaban sus propiascarcajadas dentro de aquella rústica sala,
con anchísimo hogar de leñaardiendo, poblado el techo de chorizos y morcillas, y
viendo entrar ysalir muy afanada a una guapísima y fresca señora... No se
confundían,no, aquellas facciones con las de otra. ¡Y qué manera de
conservarse,mejorando en vez de perder! A cada pimpollo que daba de sí,
aumentandocon dichosa fecundidad la familia humana, parecía que el
Cielo,entusiasmado y agradecido, le concedía un aumento de belleza. Era unaDiosa,
la señora Cibeles, madraza eterna y eternamente bella... Porquenuestro visionario se
veía rodeado de tan bullicioso enjambre decriaturas, que a veces no le dejaban tiempo
para consagrarse a susocupaciones, y se pasaba el día enredando con ellas...
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