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Tormento

que removía el espíritu de laEmperadora se propagó, como un incendio que corre, al
de D. Pedro, elcual se vio súbitamente acometido de punzantes sospechas. Púsose de
uncolor tal, qué no habría pincel que lo reprodujera, como no se empapaseen la tinta
lívida del relámpago; y mascando una cosa amarga, dijolentamente esta frase:
«Muy rica estás...».
Bien sabía ella interpretar la ironía que el ex-capellánempleaba alguna vez para
manifestar sus ideas. Comprendió la sospecha,supo leer aquella coloración de luz
eléctrica y aquel mirar indagador, yse hizo la distraída, afectando recoger y limpiar el
manguito que sehabía caído al suelo. Tan amante de la verdad era ella, que abría
dadodías de vida por poderla decir claramente; ¿pero cómo decirla, SantoDios? Y la
verdad se removía cariñosa en su interior, diciéndole:dime... ¿pero cómo y con qué
palabras? Por todo lo que encierra elmundo no saldría de su boca la verdad aquella. Y
siéndole tanaborrecible la mentira, no había más remedio que soltar una, y gorda.Polo
le facilitó el embuste, diciendo: «¿Trabajáis mucho?».
—Sí, sí... Hemos hecho una obra... Hace un mes que yo vengo ahorrando
yguardando todo lo que puedo, escondiendo el dinero, porque Refugio, silo coge, me
lo gasta todo.
Y se levantó, decidida a marcharse, más que por el deseo de salir,porque no se
volviese a hablar del asunto.
Otra mentira. Dijo que Rosalía de Bringas le había encargado ir sinfalta aquella
tarde para sacar los niños a paseo. ¡Pues se pondría pocofuriosa la tal señora... con
aquel genio!...
Inútiles fueron los esfuerzos de él por retenerla. Por fin se escapó.Bajando la
escalera sentía un descanso, un alivio tan grande, comocuando se despierta de un
sueño febril.
«Ya no me llamo Tormento, ya recobro mi nombre—decía para sí, andandomuy a
prisa—. No volveré más aunque se hunda el mundo. Procuraré novolver a ser débil;
sí, débil, porque esa es mi culpa mayor, ser buena ytener mucho miedo... Esto se
acabó. Suceda lo que quiera, no le verémás... Pero si se irrita y me escribe cartas y me
persigue y descubre...¡Señor, Señor, déjalo ir a esa isla de los antípodas, o llévame a
mí deeste mundo!».
XVII
Al encontrarse solo, entregose D. Pedro, con abandono de hombredesocupado y sin
salud, a las meditaciones propias de su tristezasedentaria, figurándose ser otro de lo
que era, tener distinta condicióny estado, o por lo menos llevar vida muy diferente de
la que llevaba.Este ideal trabajo de reconstruirse a sí propio, conservando su
 
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