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Tormento

Al cual le retozaba el alma en el cuerpo cuando vio entrar a Tormentocon el cesto
de la compra bien repleto de víveres.
«¡Qué opulencia!—exclamó con alegres fulguraciones en sus ojos—.Parece que
vuelven los buenos tiempos... Parece que ha entrado enmi choza la bendición de Dios
en figura de una santa...».
Detúvose aquí, cortando el hilo de aquel concepto que se le salía delalma. Tormento
nada dijo y se internó en la casa. Pronto se sintieronlos fatigados pasos de Celedonia y
luego los del carbonero y delaguador. Movimiento y vida, el delicioso bullicio del
trajín domésticoreinaban en la poco antes lúgubre vivienda. Era agradable oír el
rumordel agua, el repique del almirez, el freír del aceite en la sartén.Siguió a esto un
estruendo de limpieza general, choque de pucheros ycacharros, azotes de zorro y
castigo del polvo. De improviso entró lajoven en la sala con un pañuelo liado a la
cabeza, cubierta de undelantal y con la escoba en la mano. Ordenó al enfermo que se
metiese enla pieza inmediata, lo que él hizo de muy buena gana, y abiertas de paren
par las ventanas de la sala, viose salir en sofocante nube traspasadapor rayos de sol la
suciedad de tantos días. Infatigable, no permitíaTormento que le ayudase Celedonia,
la cual entró renqueando para ofrecersu débil cooperación.
«No es preciso—le dijo la otra—. Váyase usted a la cocina a cuidar delalmuerzo».
—Para todo hay lugar,—replicó la vieja—.Voy a llevarle agua tibia aver si quiere
afeitarse. Dos semanas hace que no lo hace, y está queparece el Buen Ladrón.
Cuando la sala quedó arreglada, Tormento volvió a la cocina, y entoncesse oyó el
tumulto del agua revolcándose en el fregadero entre montonesde platos. Con los
brazos desnudos hasta cerca de los hombros, la jovendesempeñaba aquella ruda
función, deleitándose con el frío del agua ycon el brillo de la loza mojada. Sin
descansar un momento, en todoestaba y no abría los labios más que para reprender a
Celedonia supesadez. La reumática sacristana más bien servía de estorbo que
deayuda. Luego acudió Tormento a poner la mesa en la sala. El sol entrabade lleno,
haciendo brotar chispas de las recién lavadas copas. Losplatos habrían lucido como
nuevos si no tuvieran los bordesdesportillados y en todas sus partes señales de la mala
vida quellevaban en manos de Celedonia.
D. Pedro, bien afeitado y vestido de limpio, volvió a ocupar su sillón,y se reía, se
reía, henchido de un contento nervioso que le hacíaparecer hombre distinto del que
poco antes ocupara el mismo lugar.
«Me parece—decía tocando el tambor con los dedos sobre la mesa—, quede golpe
se me ha renovado el apetito de aquellos tiempos... ¡Poder deDios! ¡Qué día tan
dichoso! He aquí los domingos del alma».
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