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Tormento

su desvarío. Todas las armasse embotaban en la dureza de aquella sangre y vida
petrificadas, queprotegían su pasión como una coraza inmortal a prueba de razones
moralesy sociales.
Sobrevinieron entonces el desaliento, el malestar, la despreocupación yuna pereza
invencible. Levantábase tarde; huía espantado de la iglesiaque creía profanar con su
sola presencia; pasaba semanas enterasencerrado como un criminal que a sí mismo se
condenara a reclusiónperpetua. Otras veces salía, esquivando a sus pocos amigos, y se
pasabael día solo, vagando por las afueras, mal vestido de paisano, conempaque tal
que se le habría tomado por presidiario que acaba de rompersus cadenas. En la clase
eclesiástica no conservaba más que unamigo, el padre Nones, quien con dulzura le
exhortaba a enmendarse y arestablecer la vida normal. La querencia de este buen
sacerdote llevolea vivir a la humilde casa de la calle de la Fe, y por algún tiempo
hizotímidos esfuerzos para regularizar sus costumbres. Entonces le retiraronlas
licencias, y roto el débil lazo que aún sujetaba su voluntad alcuerpo robusto de la
Iglesia, se desprendió absolutamente de ella y cayóen abismos de perdición, ruina,
miseria. Vivía estrechamente, apurandolos pocos dinerillos que tenía, haciendo
esfuerzos por cobrar lascantidades que le adeudaban algunas personas desde los
tiempos de suprosperidad. Repartiendo cartitas y recados iba cobrando lentamente
desus deudores sumas mezquinas. Concertó la venta del material de laescuela, que era
suyo, con el Ayuntamiento; pero si este tuvo prisa paraposesionarse de lo comprado,
no la tuvo para pagar.
Por ser desgraciado en todo, fuelo también D. Pedro en la elección delama de llaves
que lo servía, mujer de mucha edad, bondadosa y sinmalicia, pero que no sabía
gobernar ni su casa ni la ajena. Era madre desacristanes, tía y abuela de monaguillos,
y había desempeñado laportería de la rectoral de San Lorenzo durante luengos años.
Sabia deliturgia más que muchos curas, y el almanaque eclesiástico lo tenía enla
punta de la uña. Sabía tocar a fuego, a funeral y repiquede misa mayor, y era
autoridad de peso en asuntos religiosos. Pero contanta ciencia, no sabía hacer una taza
de café, ni cuidar un enfermo, niaderezar los guisos más comunes. Su gusto era
callejear y hacer tertuliaen casa de las vecinas.
Estos hechos y circunstancias, el extravío de Polo, su falta de dinero,la incapacidad
doméstica de Celedonia, llevaron la tal casa al gradoúltimo de tristeza y desorden.
Pero cierto día entró inopinadamente enella alguien que parecía celestial emisario, y
aquel recinto muerto ylóbrego tomó vida, luz. Pronto se vio aparecer sobre todo esa
sonrisa delas cosas que anuncia la acción de una mano inteligente y gobernosa,
yquien con más júbilo se alzaba del polvo para gozar de aquella dulcecaricia era el
doliente, aterido, desgarrado y mal trecho D. Pedro Polo.
XV
 
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