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Tormento

después embaucaron a Doña Isabel Godoy(que había perdido a su fiel criada), y la
trajeron a vivir consigo,instalándose en una casita que tomaron en la calle de la
Estrella. Cadauna de las tres tenía su especial demencia: la Godoy consagraba
sushoras todas a las prácticas de un aseo frenético; el desvarío de DoñaTeófila era la
usura, y el de Marcelina la devoción contemplativa, conmás un cierto furor por la
lotería, que heredó de su madre.
Las relaciones de esta señora con su hermano fueron desde entonces muyfrías. Rara
vez le visitaba para informarse de su salud, y no leprestaba servicio alguno doméstico
ni le cuidaba en sus enfermedades.Creía sin duda cumplir con su conciencia rezando
por él a troche y mochey pidiendo a Dios que le apartase de los malos caminos. Casi
todo el díase lo pasaba en las iglesias, asimilándose su polvo, impregnándose de
suolor de incienso y cera, por lo cual D. Pedro, cuando recibía la visitade ella, ponía
muy mala cara diciéndole: «Hermana, hueles a sacristía.Hazme el favor de apartarte
un poco».
Desde que se malquistó con su hermana fuese a vivir Polo a los barriosdel Sur. Era
ya tan visible su decadencia, que no lograba disimularla. Ya no había parroquia ni
cofradía que le encargasen un tristesermón, ni tampoco él, aunque se lo encargaran,
tenía ganas depredicarlo, porque las pocas ideas teológicas que un día extrajo,
sinentusiasmo ni calor, de la mina de sus libros, se le habían ido de lacabeza, donde
parece que estaban como desterradas, para volverse a laspáginas de que salieron.
Polo, en verdad, no las echaba de menos ni tuvointento de volver a cogerlas. Su
mente, ávida de la sencillez yrusticidad primitivas, había perdido el molde de aquellos
hinchados yvacíos discursos, y hasta se le habían olvidado las mímicas teatralesdel
púlpito. Era un hombre que no podía prolongar más tiempo lafalsificación de su ser y
que corría derecho a reconstituirse en sunatural forma y sentido, a restablecer su
propio imperio personal, ahacer la revolución de sí mismo y derrocar y destruir todo
lo que en síhallara de artificial y postizo.
Cuentan que en la sacristía de las iglesias a donde solía ir a celebrarmisa armaba
reyerta con los demás curas, y que un día él y otro decarácter poco sufrido hablaron
más de la cuenta y por poco se pegan.Hubo de manifestar en cierta ocasión ideas tan
impropias de aquelloslugares santos, que, según dicen, hasta las imágenes mudas o
insensiblesse ruborizaron oyéndole. El rector de San Pedro de Naturales le dijo que no
volviera a poner los pies allí. Algún tiempo rodó desacristía en sacristía,
malquistándose con toda la sociedad eclesiásticay dando motivo a maliciosas
hablillas. Su peculio, que ya veníasufriendo considerables mermas, entró en un
período de verdadero ahogo.La pobreza enseñole su cara triste, anunciándole la
miseria, más tristeaún, que detrás venía. Aún pudo haber encontrado su salvación;
pero sualma no tenía fortaleza para arrancar de raíz la causa de trastorno tangrave y
profundo. Las grandes energías que su alma atesoraba y que lehabrían valido para
ganar épicos laureles en otros días, lugares ycircunstancias, no le valieron nada contra
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