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Tormento

ellos parecía que solicitaban su atención. Hastase podía sospechar que sobrenatural
mano los dispuso sobre la estera demodo que expresasen algo y fueran signo de
alguna muda peroelocuente solicitud. Mirábalos ella y pasaba, pisándolos; pero
lospedacitos blancos le decían: «Por Dios, léenos». Para borrar todo rastrode la
malhadada epístola, Amparo trajo una escoba, emblema del aseo, quetambién lo es
del menosprecio. Pero a los primeros golpes pudo lacuriosidad más que el desdén.
Inclinose, y de entre el polvo tomó unpapel que decía: moribundo. Después vio otro
que rezaba: pecado. Untercero tenía escrito: olvido que asesina. Barrió más fuerte y
bienpronto desapareció todo.
Mas concluida la barredura, el desasosiego de la Emperadora fue tangrande que no
pudo comer con tranquilidad. A media comida levantose dela insegura silla; no podía
estar en reposo; sus nervios iban a estallarcomo cuerdas demasiado tirantes. Levantó
manteles; púsose las botas, elvelo, y se dirigió a la puerta; pero desde la escalera
retrocedió comoasustada, y vuelta a descalzarse y a guardar el velo. Aunque estaba
solay con nadie podía hablar, la viveza de su pensamiento era tal que arrojóa la faz de
la tristeza y de la penumbra reinantes en su casa estasextravagantes cláusulas: «No, no
voy... Que se muera».
Mas tarde debieron de nacer nuevamente en su espíritu propósitos desalir. Cada
suspiro que daba haría estremecer de compasión al quepresente estuviera. Después
lloraba. Era de rabia, de piedad,¿de qué...? Acostose al fin y durmió con intranquilo
sueño, entrecortadode negras, horripilantes pesadillas. Medio dormida, medio
despierta,oyéronse en la angosta alcoba ayes de dolor, quejidos lastimosos, cualsi la
infeliz estuviese en una máquina de tormento y le quebrantaran loshuesos y le
atenazaran las carnes, aquella carne y aquellos huesos quecomponían, según Doña
Nicanora, la más acabada estatua viva queprodujera el cincel divino. Despierta antes
del día, en su cerebro, comoluz pendiente de una bóveda, estaba encendida esta
palabra: «iré». Y laoscilación y el balanceo de esta palabra encendida eran así: «Debo
ir;mi conciencia me dice que vaya, y mi conveniencia también para evitarmayores
males. Voy como si fuera al cadalso».
Lo primero que tuvo que hacer fue inventar la explicación de su ausenciade la casa
de Bringas. Cuando no las pensaba con tiempo, estasmentirijillas le salían mal, y en el
momento preciso se embarullaba,dando a conocer que ocultaba la verdad. Inventado
el pretexto se dispusoa salir, no verificándolo hasta que se hubo marchado su
hermana. Lasdiez serían cuando se echó a la calle, digámoslo en
términosrevolucionarios, y tan medrosa iba, que se consideraba observada y
aunseguida por todos los transeúntes.
«Parece que todos saben a dónde voy—pensaba andando más quede prisa para
recorrer el penoso camino lo más pronto posible—. ¡Quévergüenza!».
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