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Tormento

anticipase. De este enredo pasó a otro y luego aotro, hasta que, Amparo, cansada de
oírla, la mandó callar, por lo cual,irritada la pequeña, dejose arrebatar de la ira, y con
la voz de sus yaindomables pasiones increpó a su hermana de esta manera:
«Guarda tu dinero, hipocritona... No lo quiero... Me quemaría las manos.Es de pie
de altar».
Tanta impresión hicieron en el ánimo de la otra estas palabras, queestuvo a punto de
caer al suelo sin sentido. Sin responder nada corrió ala alcoba y se reclinó sobre la
cama, rompiendo a llorar. En la salita,Refugio desbocada prosiguió de este modo:
«Tiempo hacía que no parecían por aquí dineritos de la lotería deldiablo...».
Después de una pausa lúgubre, Refugio vio que por entre las cortinillasde la alcoba
asomaba el brazo de su hermana. La mano de aquel brazoarrojó dos billetes en medio
de la sala.
«Toma, perdida»—dijo una voz, ahogada por los sollozos.
Refugio tomó el dinero. Sabía conseguir de su hermana todo lo que
queríamanejando un hábil resorte de vergüenza y terror. Amparo no había
sabidosustraerse a este execrable dominio.
Aplacado su furor con la posesión de lo que deseaba, la hermana menorsintió en su
alma cosquilleos de arrepentimiento. Era su carácter prontoy como explosivo, y tan
fácilmente se remontaba a las cumbres de la iracomo caía deshecho en el llano de la
compasión. Había ofendido a suhermana, le había dado terrible golpe en la misma
herida sangrienta ydolorosa; y afligida del recuerdo de esta mala acción, esperó a que
laagraviada saliese para decirle alguna palabra conciliadora. Pero nosalía; sin duda no
quería verla, y Refugio al cabo, másvencida de la impaciencia que de la consideración
hacia su hermana,salió a la calle.
Aquel día, por ser domingo, no fue Amparo a la casa de Bringas.Entretúvose en
arreglar la suya y coser su ropa, y después de una breveexcursión a la calle para
comprar varias cosillas que le hacían muchafalta, volvió a su trabajo doméstico con
verdadero afán. Hizo propósitode establecer el mayor arreglo y limpieza en su
estrecha vivienda. Pero¡ay!, con aquella loca de su hermana no era posible el orden.
«¿Qué sacode comprar nada—pensó—, si el mejor día me lo vende o me lo
empeñatodo?».
Comió sola, porque la andariega no fue a la casa en todo el día. Entróde noche ya
muy tarde; pero las dos hermanas no se hablaron una palabra.Amparo estaba muy
seria, Refugio parecía sumisa y deseosa de perdón.Viendo que su hermana no se daba
a partido, bajó a casa de D. José yestuvo charla que charla toda la noche. Estas
tertulias de la pequeña encasa de los vecinos desagradaban mucho a su hermana.
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