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Tormento

cordón de la campanilla, nada limpio por cierto. El cordónera tal, que siempre que
llamaba se envolvía ella los dedos en supañuelo. La campana sonó otra vez...
Decidiose a mirar por elventanillo, que tenía dos barrotes en cruz.
«¡Ah!... es Felipe».
—Buenas noches. Vengo a traerle a usted una carta de parte de miamo—dijo el
muchacho, cuando la puerta se le abrió de par en par y vioante sí la hermosa y para él
siempre agradabilísima figura de laEmperadora.
—Entra, Felipe—murmuró ella, con la dificultad de voz que resultacuando el
corazón parece que se sube a la laringe.
—¿Cómo lo pasa usted?
—Bien... ¿y tú?
—Vamos pasando. Tome usted.
—¿No te sientas?
Tomó la carta. No acertaba a abrirla y el corazón le dijo que nocontenía, como otras
veces, billetes de teatro. Luego venía tan pegadoel sobre, que le fue preciso meter la
uña por uno de los picos paraabrir brecha y rasgar después... ¡Jesús!... Si no acertaba
tampoco asacar lo que dentro había... ¡Dedos más torpes!... Por fin salió unpapel azul
finísimo, y dentro de aquel papel dejáronse ver otros papelesverdes y rojos y no muy
aseados. Eran billetes del Banco de España.Amparo vio la palabra escudos, ninfas con
emblemas industriales y decomercio, muchos numeritos... Le entró tal estupidez que
no supo quéhacer ni qué decir. Tuvo la idea de meter todo otra vez dentro del sobrey
devolverlo. ¿Pero se enfadaría...? Puso la carta y su contenido en lamesa y sobre todo
apoyó el brazo. Tanta era su emoción, que necesitabatomarse algún tiempo para
adoptar el mejor partido.
«Siéntate, hombre... a ver, cuéntame qué es de tu vida».
Hablando, hablando, quizás se restablecería el orden en su cabezatrastornada.
«Dime, ¿qué tal te va con tu amo?».
—Tan bien que no sé lo que me pasa. Yo digo que estoy durmiendo.
—¿Tan bueno es?
—¿Bueno?, no señora; es más que bueno, es un santo—afirmó Centeno
conentusiasmo.
—Ya, ya. Bien se conoce que estás en grande. Pareces un señorito. Ropanueva,
sombrerito nuevo.
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