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Tormento

y diré que hallándome sin ocupación en Madrid y aburridísimo, me marché a Burdeos
para establecer allí elnegocio de banca. Al oír eso, es indudable, es infalible, como si
loviera, que se echará a reír otra vez y mirándome muy de frente dirá:«Pero D.
Agustín, ¿cómo es que al mes de estar en Burdeos se volvióusted a Madrid a aburrirse
más y a no hacer nada?.»
»Oída por mí esta pregunta, ya tengo el terreno preparado. La respuestaes tan fácil,
que no tengo que hacer más que abrir la boca y dejar salirlas palabras, sin que el
miedo me sofoque ni la cortedad me embargue lavoz. Hilo a hilo fluirán corriendo las
frases de mis labios y le diré:«Ya que usted me habla de ese modo, le voy a contestar
con franqueza,descubriendo todo lo que hay dentro de mí. Usted me comprenderá...
Eltedio de Madrid me siguió a Burdeos, y mi espíritu era allí tan incapazde ordenar un
negocio como aquí lo fue. Usted no lo entenderá, y voy aexplicárselo. Pasé lo mejor
de mi vida trabajando como se trabaja enAmérica, en un mundo que se forma. La
soledad fue mi compañera, y en lasoledad se nutrían mis tristezas a medida que crecía
el montón frío demis caudales. Amigos pocos, familia ninguna. ¡Ay!, niña, usted no
sabelo que es vivir tantos años, lo mejor de la vida, privado del calor delos
sentimientos más necesarios al hombre, habitando una casa vacía,viendo como
extraños a todos los que nos rodean, sin sentirotro cariño que el que inspira el cajón
del dinero, sin otra intimidadque la de las armas que nos sirven para defendernos de
los ladrones,durmiendo con un rifle, despertando al gemir de las carretillas en quese
llevan y traen los fardos... Para abreviar: yo me vine a Europaseguro de tener un
capital con que pasar la vida, y por el viaje medecía: ¿Pero tú has vivido en todo este
tiempo? ¿Has sido un hombre ouna máquina de carne para acuñar dinero?.»
»Cuando yo esté diciendo esto, me oirá con toda su alma, fijos en mí susbellos ojos.
Yo me animaré más, y libre ya de todo miedo, continuaréasí: «No debo ocultar nada
de lo que encierra mi corazón, lleno deltristísimo desconsuelo de su virginidad. Yo no
he vivido en Méjico, lacapital, donde seguramente habría conocido mujeres que me
hubieraninteresado. Aquella ciudad de pesadilla, aquella Brownsville, que no
esmejicana ni inglesa; donde se oyen mezcladas las dos lenguas formandouna jerga
horrible, y donde no se vive más que para los negocios; pueblocosmopolita,
promiscuidad de razas; aquella ciudad de fiebre y combateno podía ofrecerme lo que
yo necesitaba. La corrupción de costumbres,propia de un pueblo donde el furor de los
cambios lo llena todo, haceimposible la vida de familia. Las grandes fortunas que en
aquel malditosuelo se improvisaron tuvieron por origen la cruel guerra de secesión,el
abastecimiento de las tropas del Sur y el contrabando deefectos militares. Por las
vicisitudes de la guerra, que hacían variarcada día el rumbo del negocio, los
especuladores no podíamos tenerresidencia fija. Tan pronto estábamos en Matamoros
como en Brownsville.A veces teníamos que embarcar nuestros víveres
atropelladamente yremontar el río Grande del Norte hasta cerca de Laredo. ¡Y qué
confusiónde intereses, qué desorden moral y social! Americanos, franceses,indios,
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