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Tormento

—No, no—dijo el cobarde envalentonándose—. Yo no soy amable, yo nosoy fino,
no, no soy galante. Yo soy un hombre tosco y rudo, que hepasado años y más años
metido en mí mismo, al pie de enormes volcanes,junto a ríos como mares trabajando
como se trabaja en América. Yodesconozco las mentiras sociales, porque no he tenido
tiempo deaprenderlas. Así, cuando hablo, digo la verdad pura.
Amparo, sin dejar de aparentar un mediano interés por las láminas de laBiblia,
pareció querer variar la conversación, diciendo:
«Por nada del mundo iría yo a esas tierras».
—¿De veras?... ¡Quién sabe! Mucho se pierde en la soledad; pero tambiénmucho se
gana. Las asperezas de esa vida primitiva entorpecen losmodales del hombre; pero le
labran por dentro.
—¡Ay!, no. No me hable usted de esa vida. A mí lo que me gusta es latranquilidad,
el orden, estarme quietecita en mi casa, ver poca gente,tener una familia a quien
querer y quien me quiera a mí; gozar de unbienestar medianito y no pasar tantísimo
susto por perseguir una fortunaque al fin se encuentra, sí, pero ya un poco tarde y
cuando no se puededisfrutar de ella.
¡Qué buen sentido! Caballero estaba encantado. La conformidad de lasideas de
Amparo con sus ideas debía darle ánimo para abrir de golpe ysin cuidado el arca
misteriosa de sus secretos. El soberano momentollegaba.
«Pues señor»...—murmuró recogiendo sus ideas y auxiliándose de lamemoria.
Porque, al venir a la casa, había preparado su declaración; tenía unmagnífico plan
con oportunas frases y razonamientos. Los mudos suelenser elocuentísimos cuando se
dicen las cosas a sí mismos.
IX
Lo que había pensado Caballero era esto:
«Llego, y como los primos se han ido al teatro, me la encuentro sola.Mejor
coyuntura no se me presentará jamás. Es preciso tener valor yromper este maldito
freno. Entro, la saludo, me siento frente a ella enel comedor, hablamos primero de
cosas indiferentes. Ella estarácosiendo. Le diré que por qué trabaja tanto. Contestará,
como si laoyera, que le gusta el trabajo y que se fastidia cuando no hace nada.Direle
entonces que eso es muy meritorio y que... Adelante: de buenas aprimeras le suelto
esto: «Amparo, usted debe aspirar a una posiciónmejor, usted no está bien donde está,
en esta servidumbre maldisimulada; usted tiene mérito, usted...» Y ella, como si la
oyera,llena de modestia y gracia, se echará a reír y contestará: «Don Agustín,no diga
usted esas cosas.» Volveré entonces a hablar del trabajo, que espara mí una necesidad,
 
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