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Tormento

La comida era escasa, mal hecha, y el comer presuroso y sin amenidad.Antes de
concluir, Rosalía se levantó de la mesa para darse la últimamano, y tras ella corrió
Amparo, que casi casi no había comido nada. Semiraba y se remiraba la dama en el
espejo de su tocador, manejando connerviosa presteza la borla de los polvos. Luego se
puso elvestido, y concluida esta difícil operación, siempre quedaba un epílogode
alfileres y lazos que no tenía fin.
«Ahora—dijo a Amparo—, acuestas a los niños y te vas a tu casa. No sete haga
tarde... ¡Ah! Mañana me traes dos manojos de trencilla encarnaday no te olvides del
cold-cream de casa de Tresviña... Te traes tambiéncuatro cuartos de raíz de lirio, y
luego te pasas por la pollería y mecompras media docena de huevos... Vaya, no más».
Los chicos seguían enredando en el comedor.
«¿Qué ruido es ese? Paco, diles que si voy allá... A ver; el abrigo, losguantes, el
abanico. Bringas, ¿te has arreglado?».
—Ya estoy pronto—dijo el padre de familia, que se acababa de enfundaren un
gabán color de café con leche... ¿Será cosa de llevar paraguas? Lollevaremos por si
acaso.
—Vamos, vamos... ¡qué tarde es!... ¿Se olvida algo?
Y desde la puerta volvía presurosa.
«¡Jesús!, ya me dejaba los gemelos... Vamos... Abur, abur...».
VII
Iban a pie, porque los gastos de coche habrían desequilibrado elrigurosísimo
presupuesto de D. Francisco, que a su cachazudo métododebía la ventaja de atender a
tantas cosas con su sueldo de veintemil reales. En el teatro pasaba Rosalía momentos
muy felices, gozando,más que en la función, en ver quién entraba en los palcos y
quién salíade ellos, si había mucha o poca concurrencia, si estaban las de A o lasde B
y qué vestidos y adornos llevaban, si la marquesa o la condesahabían cambiado de
turno. En los entreactos leía Bringas laCorrespondencia, luego subía a este o el otro
palco para saludar a talo cual señora, y Rosalía, desde su butaca, cambiaba sonrisas
con susamigas. Era ella dama de buenas vistas, sin que llegara a ser contadaentre las
celebridades de la hermosura; era simplemente la de Bringas,una persona
conocidísima, entre vulgar y distinguida, a quien jamás lamaledicencia había hecho
ningún agravio. Madrid, sin ser pequeño, loparece a veces (entonces lo parecía más)
por la escasa renovación delpersonal en paseos y teatros. Siempre se ven las mismas
caras, ycualquier persona que concurra con asiduidad a los sitios de públicadiversión,
concluye por conocer en tiempo breve a todo el mundo.
 
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