Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Tormento

luego empezócon esmero el aliño de su rostro, que en verdad no necesitaba de
muchoarte para ser hermoso.
«Por Dios, hija, da una vuelta por allá... No, alcánzame antes ese lazoazul... Ve,
corre pronto. Ya pueden poner la sopa. Comerás con nosotros;luego acuestas a los
chicos y te vas».
Poco después Prudencia ponía la sopera humeante en la mesa del comedor,y los
pequeños daban voces por toda la casa llamando a comer. Ellosfueron los primeros
que tomaron asiento, metiendo mucha bulla; vinoluego D. Francisco, vestido ya y
muy limpio, mas con el chaquetón decasa en vez de levita; siguiole Paquito leyendo
un librejo, y por últimoapareció Rosalía.
«¡Qué guapa estás, mamá!».
—Silencio... os voy a dar azotes.
—Qué blanquita estás, mamá... ¡y qué rebonita!
Y era verdad. Rosalía, compuesta y emperifollada, no parecía la mismaque tan al
desgaire veíamos diariamente consagrada al trajín doméstico,a veces cubierta de una
inválida bata hecha jirones, a veces calzada conbotas viejas de Bringas, casi siempre
sin corsé, y el pelo como si lahubiera peinado el gato de la casa. Mas en noches de
teatro setrasformaba con un poco de agua, no mucha, con el contenido de
losbotecillos de su tocador y con las galas y adornos que sabía ponerartísticamente
sobre su agraciada persona. Tenía en tales casos másblanco el cutis, los ojos con
cierta languidez, y lucía su bonito cuellocarnoso. Fuertemente oprimida dentro de un
buen corsé, sucuerpo, ordinariamente flácido y de formas caídas, se
trasfigurabatambién, adquiriendo una tiesura de figurín que era su tormento por
unascuantas horas, pero tormento delicioso, si es permitido decirlo así.Presentose en
el comedor con su peinador parecido a sobrepelliz, y no lefaltaba más que el vestido
de color de caramelo para igualar a unaduquesa.
«¿Llegaremos tarde?»...—dijo, haciendo atropelladamente las cortasraciones de sus
hijos y de Amparo.
—Creo que estaremos allí a la mitad del primer acto. Echan Dar tiempoal tiempo.
—De Pipaón de la Barca... digo, de Calderón. ¡Cómo tengo la cabeza! Aprisa, a
prisa, comer a prisa... ¿Y Agustín?
—Se fue... Estábamos hablando de poner maestro de piano a la niña,cuando de
repente, sin mirarme, dice: «Yo le compraré el piano a tu hijay le pagaré el maestro»,
y sin darme las buenas noches salió como unasaeta. Yo creo que Agustín no tiene la
cabeza buena.
Remove