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Tormento

—Es que tengo ahora, para decirlo de una vez, el mejor amo del mundo.Debajo del
sol no hay otro, ni es posible que lo vuelva a haber.
—¡Bien, bravo! Un aplauso para ese espejo de los amos. ¿Pero es tandesordenado
como aquel D. Alejandro Miquis?
—Todo lo contrario.
—¿Estudiante?
(Con orgullo.) ¡Capitalista!
—Chico... me dejas con la boca abierta. ¿Es muy rico?
—Lo que tiene... (Expresando con voz y gesto la inmensidad.) no seacierta a
contar.
—¡Otra que tal! ¿No te dije que Dios se había de acordar de tialgún día?.. Y dime
ahora con franqueza: ¿cómo me encuentras?
(Sin disimular sus ganas de reír.) Pues le encuentro a usted...
(Con alborozo y soltando del inferior labio hilos de transparentebaba.) Dilo,
hombrecito, dilo.
—Pues le encuentro a usted... gordo.
(Con inefable regocijo.) Sí, sí; otros me lo han dicho también.Nicanora asegura
que aumento dos libras por mes... Es que la felizmudanza de mi oficio, de mi carrera,
de mi arte de vivir, ha deexpresarse en estas míseras carnes. Ya no soy desbravador de
chicos; yano me ocupo en trocar las bestias en hombres, que es lo mismo quefabricar
ingratos. ¿No te anuncié que pensaba cambiar aquel menguadotrabajo por otro más
honroso y lucrativo?... Tomome de escribiente unautor de novelas por entregas. Él
dictaba, yo escribía... Mi mano unrayo... Hombre contentísimo... Cada reparto una
onza. Cae mi autorenfermo y me dice: «Ido, acabe ese capítulo». Cojo mi pluma, y
¡ras!, loacabo y enjareto otro, y otro. Chico, yo mismo me asustaba. Mi principaldice:
«Ido colaborador»... Emprendimos tres novelas a la vez. Él dictabalos comienzos;
luego yo cogía la hebra, y allá te van capítulos y máscapítulos. Todo es cosa de Felipe
II, ya sabes, hombres embozados,alguaciles, caballeros flamencos, y unas damas,
chico, másquebradizas que el vidrio y más combustibles que la yesca...; elEscorial, el
Alcázar de Madrid, judíos, moriscos, renegados, el talAntoñito Pérez, que para
enredos se pinta solo, y la muy tunanta de laprincesa de Éboli, que con un ojo solo ve
más que cuatro; el CardenalGranvela, la Inquisición, el príncipe D. Carlos, mucha
falda, muchohábito frailuno, mucho de arrojar bolsones de dinero por
cualquierservicio, subterráneos, monjas levantadas de cascos, líos y
trapisondas,chiquillos naturales a cada instante, y mi D. Felipe todo lleno
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