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Tormento

«Amparo, ¿has traído la seda verde? ¿No? Pues deja la costura y ponte elmanto:
ahora mismo vas por ella. Pásate por la droguería y trae unashojas de sanguinaria.
¡Ah!, se me olvidaba; tráeme dos tapaderas de acuarto... ¿Ya estás de regreso? Bien:
dame la vuelta de la peseta. Ahoradate un paseo por la cocina, a ver qué hace
Prudencia. Si está muyafanada, ayúdale a lavar la ropa. Después vienes a concluirme
estecuello».
Y llena de espíritu de protección, se remontaba otras veces a lasalturas del
patriarcalismo, como un globo henchido de gas se eleva alempíreo, y decía en tono
muy cordial:
«Amparo, a la sombra nuestra puedes encontrar, si te portas bien, unaregular
posición, porque tenemos buenas relaciones y... ¡Ah!... ¿nosabes lo que se me ocurre
en este momento? Una idea felicísima. Puessencillamente que debías meterte monja.
Con tu carácter y tus pocasganas de tener novios, tú no te has de casar, y sobre todo,
no te has decasar bien. Con que piénsalo; mira que te conviene. Yo haré
porconseguirte el dote. Creo que si se le habla a Su Majestad, ella te lodará. Es tan
caritativa, que si estuviera en su mano, todo el dinero dela nación (que no es mucho,
no creas), lo emplearía en limosnas».
Y otro día es fama que dijo:
«Oye, tú... se me ha ocurrido otra idea feliz... Hoy estoy de vena. Site decides por el
monjío, me parece que no necesitamos molestar a LaSeñora, que hartas pretensiones
y memoriales de necesitados recibe cadadía, y la pobrecita se aflige por no poder
atender a todos. ¿Sabes quiénte puede dar el dote? ¿No se te ocurre? ¿No caes?... El
primo Agustín,que está siempre discurriendo en qué emplear los dinerales que ha
traídode América. Yo se lo he de decir con maña a ver qué tal lo toma. Es laflor y nata
de los hombres buenos; pero como tiene esas rarezas, hay quesaberle tratar. Siendo,
como es, tan dadivoso, no se le puede pedir nadaa derechas. Es desconfiado como
todos los huraños, y a lo mejor te salecon unas candideces que parece una criatura.
Hay que saberla tratar, hayque ser, como yo, buena templadora de gaitas para sacar
partido de él...Ya ves, ayer me regaló un magnífico sombrero... Todo porque me
vioafanadísima arreglando el viejo y me oyó renegar de mis pocosrecursos... Como tú
ayudes, tendrás la dote... Me parece que es él quienllama... Hoy quedó en traerme
billetes para el Príncipe... Y esacalamidad de Prudencia no oye... ¡Prudencia!...
Tendrás que salir tú...No, ya va a abrir esa acémila... Es él... ¿No lo dije? Buenos
días,Agustín; pasa, da la vuelta por allí. Da un puntapié a la cesta de laropa. Ahora
una bofetada a la puerta. Aproxima el baúl vacío.Aparta ese mantón que está sobre la
silla. No te quites el sombrero, queaquí no hace calor».
Esto pasaba en el cuartito de la costura, el cual era además guardarropade Rosalía y
estaba lleno de armarios y perchas, con cortinas de percalque defendían del polvo los
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