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Tormento

—¡Felipe de mis entretelas! (Dejando caer el embozo y abriendo losbrazos.)
¿Quién te había de conocer tan entapujado? Eres el mismísimoAristóteles. ¡Dame otro
abrazo... otro!
—¡Vaya un encuentro! Créame, D. José; me alegro de verle más que si mehubiera
encontrado un bolsón de dinero.
—¿Pero dónde te metes, hijo? ¿Qué es de tu vida?
—Es largo de contar. ¿Y qué es de la de usted?
—¡Oh!... déjame tomar respiro. ¿Tienes prisa?
—No mucha.
—Pues echemos un párrafo. La noche está fresca, y no es cosa de quehagamos
tertulia en esta desamparada plazuela. Vámonos al café deLepanto, que no está lejos.
Te convido.
—Convidaré yo.
—Hola, hola... Parece que hay fondos.
—Así, así... ¿Y usted qué tal?
—¿Yo? Francamente, naturalmente, si te digo que ahora estoy echando elmejor
pelo que se me ha visto, puede que no lo creas.
—Bien, Sr. de Ido. Yo había preguntado varias veces por usted, y comonadie me
daba razón, decía: «¿qué habrá sido de aquel bendito?».
Entran en el café de Lepanto, triste, pobre y desmanteladoestablecimiento que
ha desaparecido ya de la Plaza de Santo Domingo, sindejar sombra ni huella de
sus pasadas glorias. Instálanse en unamesa y piden café y copas.
IDO DEL SAGRARIO.—(Con solemnidad, depositando sobre la mesa sus
doscodos como objetos que habrían estorbado en otra parte.) Tan
deseososestamos los dos de contar nuestras cuitas y de dar rienda suelta alrelato de
nuestras andanzas y felicidades, que no sé si tomar yo ladelantera o dejar que
empieces tú.
ARISTO.—(Quitándose la capa y poniéndola muy bien doblada en
unabanqueta próxima a la suya.) Como usted quiera.
—Veo que tienes buena capa... Y corbata con alfiler como la de unseñorito... Y
ropa muy decente. Chico... tú has heredado. ¿Con quiénandas? ¿Te ha salido algún tío
de Indias?
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