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Tormento

THIERS.—(Melancólico.) Basta tener ojos para ver que esta sociedadpierde
rápidamente el respeto a todo. Se hace público escarnio del tronoy el altar; la
gangrena de la desmoralización cunde, y cuando veo quelos míos están libres del
contagio, me parece milagro.
ROSALÍA.—(Pensativa.) ¿Y no te dijo si volvería con la preciosa cargade su
manceba?
THIERS.—Sí, volverán, volverán...
ROSALÍA.—(Con extraordinaria hinchazón de la nariz.) Porque no quieroque se
queden en mi interior cuatro verdades que pienso decirles al unoy al otro. ¡Oh!, no, no
se me quedarán. Seré capaz de ir a Francia, aPekín por desahogar mi cólera...
THIERS.—El mejor día les tenemos aquí tan campantes... y vivirán comocasados,
insultando a la honradez, a la virtud... Hemos de ver cadabarbaridad... Bien claro lo
decían Joaquín y Paquito la otra tarde: lapiqueta demoledora y la tea incendiaria
están preparadas. ¡Lademagogia...! ¡Ah!, me olvidaba de una cosa importante. Algo
vamosganando. Díjome ese tonto que podías disponer de todo lo que se comprópara
la boda.
PRUDENCIA.—(Desde la puerta.) Señora, la sopa.
ROSALÍA.—(Aparte, perdiendo sus miradas en el retrato de D. Juan dePipaón,
está representado con un rollo de papeles en la mano.) Volverán.¡Aquí os quiero
tener, aquí!... Sanguijuela de aquel bendito, nosveremos las caras.
FIN DE TORMENTO.
Madrid. Enero de 1884.
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