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Tormento

comprendía que existierael fenómeno de la lluvia. Cuando sintió rechinar la puerta y
miró y vioquién entraba, estuvo a punto de perder el sentido. No pronunció
unapalabra; entrole aquel idiotismo de los días anteriores. Agustín, muycortés, se
sonrió, y traspasado de emoción, preguntole que cómo estaba.Ella no sabe si dijo bien
o mal, ni aun si dijo algo. El quehabía sido su novio tomó una silla y se sentó a su
lado.
«¿Qué tal?—dijo después de una pausa, comiéndosela con los ojos—. ¿Hastomado
alimento? ¿Cómo estamos de fuerzas?».
—Hace un momento... regular... bien.
Juez el uno, delincuente la otra, ambos parecían criminales.
—Vengo a despedirme—indicó Agustín, tras otra larga pausa—. Estatarde me voy
para Francia.
Amparo pestañeaba, mirándole. Sus párpados eran el movimientocontinuo...
«No llores, no te sofoques—dijo el ex-novio—. Todo se acabó entrenosotros; pero
no te guardo rencor. Tu poca sinceridad me ha heridotanto como tu falta, de la cual
nada concreto sé todavía, porque nadieme ha dado las pruebas que deseo... Pero sea lo
que quiera, tú misma mehas dicho lo bastante para que no puedas ser mi mujer. No
necesito sabermás, no quiero saber más... No me mereces. Reconoce que no me
mereces.Yo, al marcharme, te dejaré a salvo de la miseria por algún tiempo...porque
he de irme lejos, y es seguro que no has de volver a verme, ni yoa ti tampoco».
La entereza que mostraba le iba a faltar; por lo que creyó prudenteretirarse, a fin de
que su dignidad no padeciera. Levantábase parasalir, cuando se sintió sujeto por una
mano. Tiró fuerte, perono se desprendía. La mano ajena que agarraba la suya tenía
fuerzassobrenaturales. Y en verdad, ¿cómo dejarle partir sin una explicación?Aquel sí
que era oportuno momento. Pasada la primera vergüenza, laconfesión se salía de la
boca, libre, fluida, sin tropiezo, con pedazosdel alma, toda verdad y sentimiento.
Cuenta Doña Nicanora que al abrir la puerta de la sala les viosentaditos el uno junto
al otro, las caras bastante aproximadas, ellasusurrando, él oyendo con sus cinco
sentidos, como los curas que estánen el confesonario. La inteligente vecina, viendo
que aquel secreto eradigno del mayor respeto, no quiso entrar, y entornando la puerta
quedoseen el pasillo. Bien quería ella pescar algo de lo que la penitentedecía; pero
hablaba tan quedito, que ni una palabra llegó a lasanhelantes orejas de la señora de
Ido.
Cuando aquel misterioso coloquio hubo terminado, Amparo tenía la cararadiante,
los ojos despidiendo luz, las mejillas encendidas, y en sumirar y en todo su ser un no
sé qué de triunfal e inspirado que laembellecía extraordinariamente.
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