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Tormento

reparto de lasmercedes políticas; y en la esfera común de la vida, tiene por
expresiónla envidia en variadas formas y en peregrinas manifestaciones. Se da elcaso
extraño de que el superior tenga envidia del inferior, y ocurre quelos que comen a dos
carrillos defiendan con ira y anhelo una tristemigaja. Todo esto, que es general, puede
servir de base para unconocimiento exacto de las humillaciones que aquella señora
imponía asus protegidas, y de la sequedad con que les hacía sentir el peso de sumano
al darles la limosna.
Bringas no era así. Cuando Amparo llegaba muerta de cansancio a la casay la de
Pipaón con desabrido tono le decía: «Amparo, ve ahoramismo a la calle de la
Concepción Jerónima y tráeme los delantalitos deniño que dejé apartados»; cuando la
hacía recorrer distancias enormes, yluego la mandaba a la cocina, y por cualquier
motivo trivial lareprendía con aspereza, el bueno de D. Francisco sacaba la cara
endefensa de la huérfana, pidiendo a su mujer tolerancia y benignidad.
«Déjala que trabaje—observaba Rosalía—. ¿Pues qué?, si al fin ha devivir de sus
obras. ¿Crees tú que va a tener alguna herencia?Acostúmbrala a los mimos, y
entonces verás de qué se mantiene cuandonosotros por cualquier motivo le faltemos.
Están muy mal acostumbradasesas niñas... Es preciso, Bringas, que cada cual viva
según suscircunstancias».
Refugio, la más pequeña de las dos, se cansó pronto de la protección desu vanidosa
pariente. Era su carácter algo bravío y amaba laindependencia. El tono, el aire de su
protectora, así como los trabajosque les imponía, la irritaban tanto, que renunció al
arrimo de la casa ydespidiose un día para no volver más. Amparo, que era
humildísima y decarácter débil, continuó amarrada al yugo de aquella gravosa
protección.Tenía además bastante buen sentido para comprender que la libertad
eramás triste y más peligrosa que la esclavitud en aquel singular caso.
Cuando se retiraba por las noches a su domicilio, después de hacerrecados penosos,
algunos muy impropios de una señorita; después de coserhasta marearse, y de dar mil
vueltas ocupada en todo lo que la señoraordenaba, esta le solía dar unas nueces
picadas, o bien pasas queestaban a punto de fermentar, carne fiambre, pedazos de
salchichón ymazapán, dos o tres peras y algún postre de cocina que se había echado
aperder. En ropa de uso, rarísimas eran las liberalidades de Rosalía,porque ella la
apuraba tanto que al dejarla no servía para maldita cosa.Pero no faltaba algún jirón
sobrante, algún pedazo de faya deshilachadao de paño sucio, los recortes de un
vestido, retazos de cinta, botonesviejos. Bringas, por su parte, no regateaba a su
protegida las mercedesde su habilidad generosa, y estaba siempre dispuesto a
componerle elparaguas, a ponerle clavo nuevo al abanico o nuevas bisagras
alcajoncito de la costura. Fuera de esto (conviene decirlo en letras demolde para que
lo sepa el público), Amparo recibía semanalmente de suprotector una cantidad en
metálico, que variaba según las fluctuacionesdel tesoro de aquel hombre ahorrativo y
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