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Tormento

aquí un trozo tomado al azar de suinterminable parlamento, con traducción un tanto
libre:
«Bruto, necio, simple, o no sé qué nombre darte... ¿para qué te metisteen la
civilización? ¿Quién te manda a ti salir de tu terreno, que es lacomarca fronteriza,
donde los hombres viven pegados al remo de untrabajo tosco? Me estoy riendo de tu
extravagante prurito de sentarplaza en medio del orden, de ser una rueda perfecta en
estosmecanismos regulares de Europa... ¡Vaya un fiasco, amiguito!... Háblatede la
familia; pondérate el Estado; recréate en la Religión... A lasprimeras de cambio, la
civilización, asentada sobre estas bases como uncaldero sobra sus trébedes, se cae y te
da un trastazo en la nariz y tedescalabra y te tizna todo, poniéndote perdido de
vergüenza y deridiculez... Vida regular, ley, régimen, método, concierto, armonía...no
existís para el oso. El oso se retira a sus soledades; el oso nopuede ser padre de
familia; el oso no puede ser ciudadano; el oso nopuede ser católico; el oso no puede
ser nada, y recobra su salvajealbedrío... Sí, rústico aventurero, ¿no ves qué triste y
tonto ha sidotu ensayo? ¿No ves que todos se ríen de ti? ¿No conoces que cada
pasoque das es un traspié? Eres como el que no ha pisado nunca mármoles, yal primer
paso se cae. Eres como el cavador que se pone guantes, y desdeque se los pone pierde
el tacto, y es como si no tuviera manos... Vete,huye, lárgate pronto, diciendo: 'zapato
de la sociedad, me aprietas y tequito de mis pies. Orden, Política, Religión, Moral,
Familia, monsergas,me fastidiáis; me reviento dentro de vosotras como dentro de un
vestidoestrecho... Os arrojo lejos de mí y os mando con doscientos mildemonios...'».
D. Francisco dio un gran suspiro, en el cual, parecía que sele arrancaba el alma.
Díjole su mujer frases consoladoras; pero él, comolos que padecen gran tribulación,
no conocía más alivio de su dolor queel dolor mismo, y apacentaba su alma con el
recuerdo de su desdicha.¿Cuál era esta? Digámoslo prontito. ¡¡¡Le habían robado el
gabán en elguardarropa de Palacio!!!... Este siniestro, horripilante caso no eranuevo
en las fiestas palatinas; ni había baile en que no desaparecierantres o cuatro capas o
gabanes... El desalmado que sustrajo aquella ricaprenda dejó en su lugar un pingajo
astroso y mugriento que no se podíamirar. De la caldeada fantasía de D. Francisco no
se apartaba la imagende su gabán nuevecito, con aquel paño claro y limpio que
parecía lapurísima epidermis velluda de un albaricoque, con aquel forro de sedaque
era un encanto. En su desesperación, el digno funcionario pensó darparte a los
tribunales, contar el caso a Su Majestad, llevar el asunto ala prensa; pero el decoro de
Palacio le detenía. ¡Si él cogiera alpícaro, canalla, que...! ¡Parece mentira que cierta
clase de gente semeta en esas solemnidades augustas!... Un país donde tales
cosaspasaban, donde se cometían tales desmanes junto a las gradas del trono,era un
país perdido. Por distraerse tomó un periódico.
«Ya no puede quedar duda—dijo con fúnebre acento después de leer unpoco—; la
revolución viene; viene la revolución».
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