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Tormento

¡Oh, dulces prendas...! Con elcorazón despedazado se encerró mi hombre en su
despacho... Si no llorabaera porque no podía, que ganas no le faltaban.
XXXVII
Cuatro días después, según datos seguros, suministrados por la
diligenteobservación de Centeno, estaba D. Agustín Caballero en el propio ser
yestado que un convaleciente de enfermedad grave. Su mal color anunciabainsomnios
y dietas, y su mal genio trastorno del ánimo, unamanifestación hepática tal vez,
complicada con melancolías osentimientos depresivos. Y es muy de notar que pocas
veces había estadonuestro buen amigo tan locuaz, sólo que las cosas estupendasque
hablaba se las decía a sí mismo. En el reparto de aquella comediahabíale tocado un
monólogo o parlamento largo, que llevaba ya cuatrodías de tirada, y no tenía visos de
concluir; de modo que si el talmonólogo se oyera, el público estaría, como quien dice,
tirando piedras.Por la repetición febril de ideas y conceptos era el tal
soliloquioindigno de la reproducción. De tiempo en tiempo una idea desprendida
deaquel íntimo discurso brotaba fuera, condensándose en frase pronunciada.Esta
frase, al resonar en el gabinete, tenía un eco, el cual era emitidopor los autorizados
labios de Rosalía Bringas:
«Tienes razón; me parece muy bien pensado. Lo de marcharte a América esun
rasgo de tontería pueril. Vete unos días a Burdeos, y allí tedistraerás. Después vuelves
aquí, donde tienes tantos amigos, donde erestan querido y respetado... y ya
cuidaremos de que no des mástropezones».
Estaban en el gabinete de los pájaros cantores, los cuales no habíanvuelto a abrir el
pico desde aquel triste lance. Habíase aventuradoRosalía a variar el lugar y colocación
de algunos objetos por puro afánde mangonear. Impensadamente tal vez, tomaba
ciertos aires de ama decasa, y daba disposiciones con soberanos modos. La noche
anterior,Caballero, cuyo irritado genio se manifestaba en las cosas mástriviales, había
dicho con altanería: «No quiero que se toque nada...Cada cosa en el sitio que
ocupa...». Al oír esto, la señora habíarespondido algo desconcertada: «Bien, hombre...
no creas que voy adesarmar el altarito... Ahí lo tienes todo... no me llevo nada».
Aquel día, después de aprobar con toda su alma la resolución delviajecito a
Burdeos, la dama hizo crónica verbal de la fiesta celebradaen Palacio la noche antes.
Como acababa de entrar de la calle, estabasentada en el sofá, con su cachemira,
manguito y velo. En un sillónyacía indolente la discreta humanidad del gran Thiers,
mudo ymelancólico, contra su costumbre, a causa de un gravísimo percance quela
ocurriera en el baile, y que no se apartaba, ¡ay!, ni un segundo desu mente.
Caballero iba y venía con las manos en los bolsillos. Sin oír lasencomiásticas
descripciones que del sarao hacía su prima, parose ante unespejo, y mirándose... He
 
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