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Tormento

En breves palabras contó Agustín a su prima lo que le habían dicho, yponiéndose
de un color increíble, apretando los dientes y crispando las manos, dijo: «Si es
mentira, el perro que lo inventó me la hade pagar».
«Vamos, vamos, cálmate, por amor de Dios...—le dijo Rosalía—. Si tepones así...
si te ofuscas, quizás veas las cosas más negras de lo queson. En estos casos graves
cada cual debe portarse como quien es, y túeres un caballero decente y juicioso».
—Por tu modo de hablar—dijo Agustín sin aplacarse—, vengo acomprender que tú
también lo sabías... y esta es la hora en que ni tú niBringas me habíais dicho una
palabra, al menos para ponerme sobre aviso.
—Nosotros—replicó la dama con dignidad altanera—, no tenemos porcostumbre
hablar de lo que no nos interesa, ni dar consejos a quien nonos los pide. ¿Cómo
querías que nos arriesgáramos a desconceptuar a unapersona de nuestra familia,
cuando con ello te dábamos un golpe mortal,y cuando no teníamos tampoco seguridad
del hecho, ni podíamos dartepruebas?... Comprende, hijo, que esto es grave... Y di
una cosa: cuandote fijaste en ella para hacerla tu mujer, ¿nos consultaste a
nosotrossobre punto tan delicado, como parecía natural? Nada de eso. Allá tú
loarreglaste solo, y cuando nos percatamos de ello ya lo tenías muy bienguisado y
comido.
Al decir esto y lo que siguió, cualquiera, que atentamente observara aRosalía,
podría haber sorprendido en ella, junto con el deseode convencer a su primo, el no
menos vivo de hacer patente su hermosura,realzada en aquella ocasión por el esmero
del vestir y por aliños yadornos de mucha oportunidad. Cómo enseñaba sus blancos
dientes, cómocontorneaba su cuello, cómo se erguía para dar a su bien fajado
cuerpoesbeltez momentánea, eran detalles que tú y yo lector amigo,
habríamosreparado, mas no Caballero, por la situación de su espíritu.
«Y no creas—añadió Rosalía con semblante triste—; nos ha llegado alalma que no
consultaras con nosotros un asunto en que podríacomprometerse tu honor... No has
tenido presente lo que te queremos, loque nos interesamos por ti».
—Voy a verla,—dijo Agustín con repentino arranque, y sin hacer caso delas
ternuras de su prima—. Lo primero es oír lo que ella dice.
—Creo que pierdes el tiempo si vas a su casa,—manifestó Rosalíaacudiendo
diligente a contener aquel natural arranque—. No laencontrarás. Yo sé que no la
encontrarás...
Caballero la miraba como lelo.
«Tengo motivos para saberlo, y no te digo más—añadió con estudiadafrialdad la
Bringas—. Vete a tu casa y no te muevas de allí, que lamisma Amparo irá a verte y a
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