Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Tormento

florescencia en los negros reinos de lamuerte, como los cohetes que salen echando
chispas de la tierra yestallan en el cielo.
«¿Y qué dirá, qué pensará cuando me vea muerta?... ¿Llorará, lo sentirá,se
alegrará?... Porque de seguro a estas horas ya lo sabe todo, y medespreciará como se
desprecia al gusano asqueroso cuando se le pone elpie encima para aplastarlo... Ahora
estará viendo aquello... ¡Virgen delos Dolores, perdóname lo que voy a hacer!».
Los pájaros de cartón, animados por diabólico mecanismo, ponían a
estocomentarios estrepitosos con su cantar metálico y aleteaban sobre lasramas de
trapo. Era como vibración de mil aceradas agujas, músicachillona que rasgaba el
cerebro, embriagándolo. Amparo creía tener todoslos pájaros dentro de su cabeza.
Por un instante la monomanía del suicidio se suavizó, permitiéndolecontemplar la
bonita habitación. ¡Qué sillería, qué espejos, quéalfombra!... Morirse allí era una
delicia... relativa... ¡Oh, MaríaSantísima, si no fuera por aquellas dos cartas...! ¿Por
qué no se murióantes de escribirlas?...
En esto llegó Felipe. Traía un frasquito con agua blanquecina y un pocolechosa.
Púsola en la mesa, donde estaba aún el vaso de agua conazucarillo y una cuchara de
plata.
«¿Se le ofrece a usted algo más?»—preguntó, alzando un poco la voz,porque la
algazara de los pajarillos lo exigía así.
—Haz el favor de traerme un papel y un sobre. Tengo que escribir unacarta.
—¿Y tinta?
—O si no lápiz: es lo mismo.
—¿Quiere usted otra cosa?—preguntó Centeno al traer lo que se le habíapedido.
—Nada más. Gracias.
El sabio Aristóteles se fue.
Cuando se encontró sola, Amparo tuvo momentos de vacilación;pero la idea del
suicidio la acometió tras uno de ellos con tanto brío,que quiso poner la muerte entre
su vida y su vergüenza. ¡DoñaMarcelina... las cartas!... Esta vez le entró como un
delirio, y paseóagitadamente por la estancia tapándose, ya los ojos, ya los oídos.
Noveía nada; perdió el conocimiento de todas las cosas que no fueran superversa idea;
en su cerebro hubo un cataclismo. Sobre el barullo de surazón desconcertada,
fluctuaba triunfante la monomanía del morir, dueñaya del espíritu y de los nervios.
¡Momento de solemne estupor salpicado de aquellas punzantes notas de lospájaros
cantores! La demente vertió el agua que estaba en el vaso, yechando en él la mitad del
Remove