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Tormento

vergüenza, pensó que era gran tonteríaconservar la vida y que ninguna solución mejor
que arrancársela porcualquiera de los medios que para ello se conocen. Pasó revista a
lasdiferentes suertes de suicidio: el hierro, el veneno, el carbón,arrojarse por la
ventana. ¡Oh!, no tenía ella valor para darse unapuñalada y ver salir su propia sangre.
Tampoco se encontraba con fuerzaspara dispararse una pistola en las sienes. Los
efectos seguros einsensibles del carbón la seducían más. Según había oído decir,
lapersona que se sometía a la acción de aquel veneno, encerrándose con unbrasero sin
pasar y cuidando de que no entrara aire, se dormíadulcemente, y en aquel sueño
delicioso se quedaba sin agonía... Bien;elegía resueltamente el carbón... Pero muy
pronto variaron suspensamientos. La desesperada tenía un arma eficaz y de fácil
manejo...Acordose de ella mirando el retrato de su padre, que se había vuelto aponer
derecho. Cuando el buen portero de la Farmacia estuvo enfermo de aquel mal que le
acabó, fue molestado de una tenaz neuralgiaque no cedía a la belladona, ni a la
morfina. Para calmar sus horriblesdolores y proporcionarle descanso, Moreno Rubio
recetó un medicamentomuy enérgico, de uso externo y que se administraba en paños
empapadossobre la frente. Al dar la receta, el médico había dicho a Amparo:«Mucho
cuidado con esto. La persona que beba una pequeña porción de loque contiene el
frasco, se irá sin chistar al otro mundo en cincominutos». No conservaba la huérfana
esta terrible droga; pero sí lareceta, y en cuanto se acordó de ella, buscola en un cajón
de la cómodadonde tenía varios recuerdos de su padre. Al desdoblar el papel no
pudoreprimir cierto espanto. El suicida más empedernido no mira con completacalma
las tijeras que ha robado a la Parca. La receta decía: Cianuropotásico-dos gramos...
Agua destilada-doscientos gramos... Uso externo.
«En cinco minutos... sin chistar... es decir, sin dolor ninguno—pensóAmparo,
extraviada hasta el punto de mirar el papel como un amigotriste—. No pasará de
mañana».
Lo guardó en el bolsillo de su traje, haciendo propósito de ir ellamisma a la botica
en busca de su remedio. ¿Pero cuándo?... Aquella tardeno; por la noche tampoco.
Sería prematuro. Al día siguiente... sin fijarhora...
La soledad en que estaba continuó toda la tarde, mas siniestray pavorosa a cada
hora que trascurría. Vino la noche y se entenebrecióaquel cielo húmedo, semejante a
un lodazal. Creeríase que los tejadosiban a criar hierba, y desde arriba se sentía el
chapoteo de los pies delos transeúntes en el fango de las calles.
Dieron las seis, las siete, las ocho. Ni un alma viviente se llegó a lapuerta de aquella
casa para tirar del verde cordón de la campanilla.¡Las nueve, y no venía nadie! A las
diez, pasos; pero los pasos seperdieron en otro piso. A las once dudas, inquietud,
delirio. Las docecontaron doce veces en el reloj de la Universidad el plazo último que
laesperanza se había dado a sí misma. La una pasó breve y esquiva,confundiéndose
con las doce y media. Oyendo las dos, la mente de laEmperadora repitió alucinada el
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