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Tormento

mano. ¡Qué fríoy que calor al mismo tiempo!... No le quedaba duda de queRosalía, de
un modo o de otro, habría de hacer que alguien llevara elcuento a Caballero. Aunque
sencilla y bastante cándida, no lo era tantoque creyese en las hipócritas expresiones de
la orgullosa señora. Que elignominioso escándalo venía era cosa evidente. Pero si él
la visitaba,si lo pedía explicaciones, si ella se las daba y a su doloridoarrepentimiento
correspondía con la indulgencia precursora del perdón...¡Oh!, ¡qué cosa tan difícil era
esta! Aquel hombre, con ser tan bueno,no podría leer en su alma, porque para estas
lecturas los únicos ojosque no son miopes son los de Dios.
Amparo tenía ya poca esperanza de remedio; pero aún contaba con queCaballero
viniese a verla... Seguramente, en aquel trance no podría elladisimular más y la
verdad se le saldría de la boca. Si por el contrarioAgustín no iba, era señal de que le
habrían dicho cualquier atrocidady... Toda aquella tarde aguardó la infeliz
Emperadora, contando eltiempo. Pero llegó la noche y Agustín no fue.
«Sin duda ha estado esta tarde en casa de Rosalía—pensaba ella,tiritando y con la
cabeza desvanecida—. Si no viene, es porque noquiere verme más».
XXXIII
«Porque no quiere verme más—repetía con vivísimo dolor—. ¡Quévergüenza! No
hay para mí más remedio que morir. ¿Cómo tendré valor parapresentarme delante de
gente?».
La noche la pasó en febril insomnio, sin tomar alimento, llorando aratos, a ratos
lanzando su imaginación a los mayores extravíos. Al díasiguiente acarició de nuevo
su alma las esperanzas de que Agustínviniera. Contando las horas, se dispuso para
recibirle. Pero las horasno se daban a partido y con pausa lúgubre trascurrieron sin
que nadiellegase a la pobre casa. Ni el señor con su respetuoso cariño, ni elcriado con
algún recado o cartita; nadie, ¡ni siquiera un recado deRosalía para ver cómo estaba!...
Cada vez que sentía ruido en laescalera, temblaba de esperanza. Pero la fúnebre
soledad en que estabano se interrumpió en aquel tristísimo día. Para que fuera más
triste, niun momento dejó de llover. Amparo creía que el sol se había nublado
parasiempre, y que aquella líquida mortaja que envolvía la Naturaleza eracomo una
ampliación de la misma lobreguez de su alma.
Por la tarde ya no discurría sino deliraba. Ya no sentía frío sino unardor
molestísimo en todo su cuerpo. Iba de una parte a otra de lacasa con morbosa
inquietud; y en ocasiones veía los objetos delrevés, invertidos. Hasta el retrato de su
padre tenía la cabeza haciaabajo. Las líneas todas temblaban ante sus ojos doloridos y
secos, y lalluvia misma era como un subir de hilos de agua en dirección del
cielo.Vistiose entonces con lo mejor que tenía, comió pan seco y se mojórepetidas
veces la cabeza para calmar aquel fuego. Perdida todaesperanza y segura de su
 
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