Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Tormento

Al entrar en el angosto cuarto, la pobre mujer padecía horriblemente. Ala incierta
luz de la lamparilla, su semblante lívido, acariciado por lamuerte, era la fría máscara
del dolor que casi infundía más espanto quecompasión. Su cerebro estaba trastornado.
«¿Qué tiene la viejecita?—le dijo el bárbaro con cariñosa lástima—.¿Quieres un
poco de cloral?».
—¡Ay!...—gritó ella, mirando a todos con extraviados ojos—; parecementira que
aquí, en este hospital... ¿Pero todavía están los dostórtolos retozando...? ¡Qué modo
de pecar!... Yo me muero: pero no mellevaréis, no. Que venga Nones.
—Si está aquí, ¿pero no le ves?
—¿Es de veras el padre Nones?—balbució la enferma abriendo mucho losojos.
—Sí, yo soy, pendón... ¿Que te quieres morir?—dijo el buen clérigo—.Eso no
puede ser sin mi permiso.
—Retozando...—repetía Marcelina, atormentada por su idea fija.
—¿Es usted D. Juan Manuel...?, ya le veo... ya le veo...—tartamudeó laenferma con
súbito despejo—. Gracias a Dios que me viene a ver. ¿Quiereconfesarme?
—¿Ahora?, déjalo para mañana.
—Ahora mismo...
—¡Qué prisa! Lo mismo da un día que otro.
La infeliz parecía un tanto aliviada con la alegría de ver al cura.
«Ea—dijo Nones con mucho gracejo a los dos hermanos—, váyanse ahoraustedes
dos a retozar por ahí fuera, que Celedonia y yo tenemos quehablar. Se le ha despejado
la cabeza; aprovechémoslo».
XXXI
Los dos hermanos salieron para volver a la sala. Cuando en ellaentraron, la dama
delante él detrás, mudo y con las manos cruzadas a laespalda, la mujer de caoba hizo
un movimiento de susto y sorpresa,diciendo en el tono más desabrido que se puede
oír:
«No me lo niegues ahora. He sentido bien clarito el ruido de faldas,como de una
mujer que corre a esconderse».
—Ea, no tengo ganas de oírte... Déjame en paz...
 
Remove