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Tormento

Diciendo esto, fijaba sus apagados ojos en la puerta de la alcoba.
«Juraría que he sentido ahí run-run de faldas que se escabullen...».
—Tú estás delirando, mujer.
—Pues abre.
Resueltamente fue Nones hacia la alcoba y abrió la puerta, diciendo:
«Pronto vamos a salir de dudas».
Polo tenía la luz, y dio algunos pasos dentro de la estancia. Marcelinamiró con
ávida curiosidad a todos lados. Humillose hasta arrastrar susmiradas por debajo de la
cama, tras de los muebles, tras lapercha cargada de ropa.
«Allí hay una puerta...—dijo, señalando a la del cuartito—. Juraríaque oí...».
—Es una puerta que está condenada. Da a la casa inmediata.
Marcelina miró a su hermano con severa incredulidad.
—Ábrela.
—Pero, señora, si está clavada—dijo Nones poniendo los brazos encruz—.
¿También quiere usted echar abajo el edificio?
—Si deseas registrar toda la casa...—indicó D. Pedro.
Volvieron a la sala.
«¿No pasas a ver a Celedonia? Se alegrará la pobre mujer».
—Sí, entraré un momento, pero no largo, porque no tengo corazón paraver padecer
a nadie.
—Ahora me parece que descansa un poco.
—Es realmente un mérito tu caridad con esa mujer... Pero no creas quevas a borrar
tus pecados: méritos pequeños no limpian culpas grandes...Por mi parte, me gustaría
mucho asistir enfermos, revolver llagados yvariolosos, limpiar heridos... pero no
tengo estómago. Cuando lo heintentado me he puesto mala. También se auxilia a los
desgraciadosrezando por ellos.
Polo no dijo nada sobre esta opinión. Sintieron los gemidos deCeledonia. Los tres
fueron allá.
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