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Tormento

«Ya sabes que por malas nada, por buenas todo. Quieres tratarme como aperro
forastero y eso no es justo... Aunque procure contenerme, no podréevitar un arrebato,
y haré cualquier barbaridad».
La situación deplorable en que la joven se hallaba y el temor a lacatástrofe
trabajaron en su espíritu, infundiéndole algo de lo que notenía, a saber: travesura,
tacto. La vida hace los caracteres con suacción laboriosa, y también los modifica
temporalmente o los desfiguracon la acción explosiva de un caso terrible y anormal.
Un cobarde puedellegar hasta el heroísmo en momentos dados, y un avaro a la
generosidad.Del mismo modo aquella medrosa, aguijada por el compromiso en
queestaba, adquirió por breve tiempo cierta flexibilidad de ideas y algunas astucias
que antes no existían en su carácter franco yverdadero. «Por este camino—pensó—no
conseguiré nada... Si yo supieralo que otras mujeres saben, si yo acertara a engañarle,
prometiendo sindar y embaucándole hasta rendirle... Haremos un ensayo».
«¡Qué manera más extraña de querer!—dijo incorporándose—. Parecenatural que a
los que queremos, deseemos verles felices... digo,tranquilos. No comprendo que se
me quiera así, haciéndome desgraciada,indigna, miserable, para que me desprecie
todo el mundo. ¡Pobre de mí!No puedo alzar mis ojos delante de gente, porque me
parece que todos mevan a decir: 'te conozco, sé lo que has hecho'. Quiero salir de
talsituación, y este egoísta no me deja».
D. Pedro dio un gran suspiro.
«¿Egoísta yo? ¿Y lo que tú haces es abnegación? Yo soy pobre, él esrico. ¿No es
eso lo mismo que decir: 'yo, yo y siempre yo'? Bueno es quenos sacrifiquemos los
dos, pero ¡que me sacrifique yo solo y tútriunfes...! Bien veo lo que tú quieres: casarte
y ser poderosa, y queel mismo día de la boda, yo me pegue un tiro para que todo
quede ensecreto».
—No, no quiero eso.
Amparo sintió que se afinaban más sus agudezas y aquel saber decomedianta que le
había entrado. Comprendió que un lenguaje ligeramentecariñoso sería muy propio del
caso.
«No, no quiero que te mates. Eso me daría mucha pena... Pero sí quieroque te vayas
lejos, como pensabas y te aconsejó el padre Nones. No puedehaber nada entre
nosotros, ni siquiera amistad. Alejándote, el tiempo teirá curando poco a poco,
sentirás arrepentimiento sincero, y Dios teperdonará, nos perdonará a los dos».
Profundamente conmovido, el bárbaro miraba al suelo. Creyendo enprobabilidades
de triunfo, la cuitada reforzó su argumento... llegóhasta ponerle la mano en el
hombro, cosa que no hubiera hecho pocoantes».
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