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Tormento

«¿Para qué me miraste?—repitió el bruto con la energía de la pasión,sostenida por
la lógica—. Tu boca preciosa ¿qué me dijo? ¿No lorecuerdas? Yo sí. ¿Para qué lo
dijiste?».
Ante esta lógica de hachazo, la mujer sin arranque sucumbía.
«Las cosas que yo oí no se oyen sin desquiciamiento del alma. Y ahora,¿lo que tú
desquiciaste quieres que yo lo vuelva a poner comoestaba?...».
Ella se echó a llorar como un niño cuando le pegan. Durante un rato nose oyeron
más que sus sollozos y los lejanos ayes de Celedonia. Polocorrió al lado de la
enferma.
«Pero yo—dijo volviendo poco después, apresurado—, recojo para mí todala culpa.
Tengo sin duda la peor parte; pero me la tomo toda. Yo faltémás que tú, porque
engañé a los hombres y a Dios».
Tormento le miró más suplicante que airada; le miró como el cordero alcarnicero
armado de cuchillo, y con lenguaje mudo, con los ojos nadamás, le dijo: «Suéltame,
verdugo».
Y él, interpretando este lenguaje rápida y exactamente, respondió, nocon miradas
sólo, sino con palabras enérgicas: «No, no te suelto».
Poseída ya de un vértigo, la infeliz se lanzó al pasillo para buscar lapuerta y huir.
¡Horrible pánico el suyo! Pero si corrió como una saeta,más corrió Polo, y antes que
ella pudiera evadirse, cerró la puerta conllave y guardó esta.
Amparo dio un chillido.
«Suéltame, suéltame»—gritó oprimiéndose contra la pared, cual siquisiera abrir un
hueco con la presión de su cuerpo, y escapar por él.
Polo la tomó por un brazo para llevarla otra vez adentro. Desasiéndose,corrió ella
hacia la sala. Ciega y desesperada, iba derechahacia la entreabierta ventana para
arrojarse al patio. El cerró laventana.
«Aquí... ¡prisionera!»—murmuró con rugido.
Dejose caer Amparito en el sofá, y hundiendo la cara en un cojincilloque en él
había, se clavó los dedos de ambas manos en la cabeza.
XXIX
Largo rato trascurrió sin que se moviera. De pronto oyó estas palabras,pronunciadas
muy cerca de su oído:
 
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